Cuanto más uno intenta salir del terruño para descubrir cosas diferentes y abrazar la modernidad, más innecesario parece. Si al otro lado de la sierra hay una taza, aquí igual o, incluso, taza y media; si pasado el túnel de San Rafael, o el de Guadarrama si va en tren, existe algo que nos pueda enganchar, resulta que en la Segovia guerrera, también o más.
Ha ocurrido, de nuevo, esta semana en sede judicial, como de forma cursi se refieren a los tribunales. Si en Madrid había un juicio de tamaño mediático descomunal, aquí teníamos nuestro propio proceso, también con elevado interés, dentro de nuestras posibilidades. Con protagonismo de independentistas, de esos que rompen España a poco que les dejes, y de antiguos directivos de la llorada Caja Segovia, que quiebran la hucha de cualquiera, a poquito también que se empeñen.
Los del banquillo del otro lado de la sierra pretenden dar una imagen de buen rollo, de que están ahí por sus ideas y que son gente que se dedicó a aquello de que la política es el arte de lo posible. En esta vertiente serrana, son más recios y quieren transmitir que ellos están sentados ante un tribunal porque aquí no se lleva que las prejubilaciones contengan tantos dígitos y que la banca es asimismo el arte de lo imposible en los números.
Además a los del ‘procés’ les ponen de ejemplo esta tierra –curioso– para espetarles que Segovia no es de los segovianos, como Cataluña no es solo de los catalanes. Y a estos nuestros les recuerdan como terminaron sus homólogos de Caixanova por adjudicarse cifras parecidas en las prejubilaciones. Aquellos responden que aman España y a sus gentes pero que en esto de la independencia deciden ellos solos y estos que adoran Santander –al banco de ese nombre–, porque abonó 88 millones en concepto de pensión para su exconsejero Alfredo Sáenz; o 66 a Francisco Luzón o, pásmense, 108 millones a Ángel Corcóstegui ni más ni menos que hace 17 años.
Argumentos hay para defenderse, faltaría más, y proclamar que lo que antes era bien visto, ahora es inaceptable. La sociedad es así, cambiante, salvo en el exquisito gusto por el linchamiento de quienes han estado arriba; porque en eso de colocar la soga al cuello no nos ganan ni en el salvaje oeste americano de las películas de John Wayne.
Aún oiremos declamar argumentarios que nos causarán estupor y otros que nos harán incluso sonreir, como el de Junqueras cuando afirmó que le daba pena el descanso en el juicio «ahora que íbamos lanzados»; o el de Atilano Soto, siempre hábil con la palabra, cuando solo nos dejó escuchar un breve ejemplo de su verbo barroco al alegar, en una frase de las suyas, que tenía «problemas lagunares de memoria». Una expresión a agregar al lenguaje ‘atiliniano’, ese que incluye vientos huracanados para referirse a la crisis o artesanos de la palabra para hablar de los periodistas. Veremos, insisto, esto y mucho más para deleite de quienes devoramos anécdotas en los asuntos importantes, que somos casi todos.
Terminen como terminen, caiga quien caiga en estos procesos coincidentes en el tiempo, convendrán conmigo en que ambos son juicios a una época en la que nada era lo que parecía. Sin embargo y pesar del entendible cabreo generalizado, me gustaría acabar como lo hacía en mis tiempos de ejercicio en los estrados: solicitando la benevolencia de este tribunal que son ustedes, lectores, con estos acusados. Que para severa ya está la Historia.