Como el abanico de una tonta. Así estamos segovianos, segovianas y segovianitos en general, y cualquiera que circule por la famosa SG-20, esa circunvalación que alivia o estrangula la ciudad, depende de cómo se mire. De un lado a otro, dando vueltas al mundo como Elcano, con el abanico a punto de quebrar para pasar de confundidos a abatidos con ganas de acordarnos de los muertos de quienes planificaron una obra tan cruel como necesaria.
Aún se recuerda en la Segovia no desmemoriada las cosas de Álvarez Cascos, aquel ministro de Fomento con cara de boxeador y de la guardia pretoriana de Aznar, junto a Rato. Allá a principios de siglo y ante las quejas de que la circunvalación fuera de un solo carril, sostenía sin inmutarse que menos es nada y que nos conformaramos con que la varita mágica de su ministerio hubiera tocado esta tierra tantas veces olvidada. Y de desdoblamiento y doble carril, nada de nada, que eso estaba reservado para otros lugares con el granero de votos más lleno que este paradigma de la despoblación en el que habitamos. Se quedó tan ancho, más que lo que ocupaba la SG-20, aunque esto no tiene mucho mérito, vista la birria de variante que hemos sufrido casi dos decenios. Cascos se cargó nuestra esperanza de comunicaciones razonables y el otro, Rato, nuestra Caja Segovia con una fusión a la fuerza que dejó flácido el músculo financiero de esta tierra sufrida.
Pero hace tiempo que pasamos página de estos y otros ministros que nos escarnecieron y ahora mientras circulamos dando vueltas –como el sol cuando sale en la ermita de Juarrillos el día de San Juan– entre grúas y operarios de chalecos amarillos ya no nos acordamos de estos, sino de los de ahora, de quienes nos torturan con una larga obra de nunca acabar. Es comprensible que las cosas de palacio vayan despacio, pero en ocasiones uno aplicaría la fusilación, término acuñado por mis amigos del paraíso de La Granja.
Mas no se atormenten –o sí– que ya ha venido un político a darnos plazos. Y los que vendrán, en estos tiempos en los que son esclavos de las urnas, para disfrute del resto de ciudadanos. Primera semana de marzo es el comienzo del fin. En esa fecha se abrirá la conexión hacia Madrid, en lo que bien podría ser el estrecho de Magallanes. Me conmueve saber que podremos ir con el vehículo hasta ese confin de la tierra por doble carril. Ahora viene lo peor y como en el viaje de Elcano llegamos a la larga travesía del Pacífico, sin probar alimento fresco y a merced del escorbuto. Pero tranquilos que hay otro plazo: finales de verano para el trazado occidental en dirección a Madrid.
Ya llueve menos aunque todavía tenemos que costear Asia hasta el cabo de Buena Esperanza o lo que es lo mismo, en sentido Valladolid. Y para esto –no se me derrumben– no hay fecha, ni plazo. La obra aquí está a la mitad por lo que reármense de más paciencia, llenen el depósito y echen agua al coche, no vaya a calentarse, que de esto entiendo, se lo aseguro.
Terminará cuando sea, pero lo veremos, no sean pesimistas. Aunque quedará una incógnita que ni el más avezado de los adivinos se atreve a resolver: ¿quién inaugurará la circunvalación? ¿Será un ministro de Sánchez, de Casado o de Rivera? ¿O de Iglesias? si me apuran. A ver si al final va a ser el novato que ha empezado de grumete y llega a capitán. ¿Se imaginan que es Abascal? Tiene cara de jugador de rugby, por lo que enlazaría muy bien con Cascos. Es un abanico de posibilidades, ya saben, como el de la tonta.