Las obras son los lugares menos idóneos para que afloren los milagros. Ya saben que se conoce cuando comienzan, pero nunca el momento de su finalización, como si quisieran ser la representación de la eternidad. Acuérdense de las obras del Escorial o de las persistentes de la Sagrada Familia de Barcelona, aunque dicen que las más duraderas son las del Pilar de Zaragoza.
Competiciones aparte y en lo que atañe a Segovia la fama en obras, por reiterada, se la lleva la calle de Padre Claret, en el entorno del Acueducto. He perdido la cuenta de las veces que ha sido levantada, de los proyectos y ejecuciones y, sobre todo, de los vaivenes de sus adoquines. Pero parece que los días de quita y pon llegan a su fin porque su lírica va a ser sustituida por el más prosaico y ordinario hormigón.
Siempre he creído que en una ciudad Patrimonio de la Humanidad eran obligatorias cosas bellas hasta en las calzadas de las calles, para que quien otorga tal título no lo rescinda. Y que los adoquines debían ser mayoría en las calles. Cierto o leyenda urbana, en este caso el cambio está justificado, por ser prácticos, que falta nos hace.
Dicen que con el adiós de los adoquines, de esa calle con tanto tráfico, los talleres de automóviles ya lloran sin consuelo por las esquinas. Pierden un provechoso aliado, de los que ayudan y no se quejan. Mientras, los autobuses, nuevos desde el próximo mes, lo celebran, que era cruel destrozarlos cada día con su peso y que estos murieran matando los bajos de los vehículos y los riñones de los pasajeros.