Hay bares como hogares, por entrañables; y hogares como bares, por alegres. Todos hemos tenido alguna vez nuestra barra de cabecera, en la que jugábamos en terreno propio, y también nuestra casa soñada, en la que se servía algarabía. Pero todo cambia cuando están vacíos, con silencios incómodos, en los que nos movemos a golpe de recuerdos.
Podría enumerarles los míos de cabecera –los bares, digo, que los hogares son como la patria que solo hay una o ninguna– pero prefiero no hacerlo por el temor a ser injusto. Por eso solo hablaré de uno, en cuya barra aún se dibuja mi codo y los trazos de tantos otros. Uno que ha sido seña de generaciones locales y eventual refugio de turistas, ávidos de mezclarse con los nativos del lugar.
De nombre Maype, por la moda de usar acrónimo en aquel tiempo que abrió, era pequeño –más bien mínimo–, pero ubicado en el entonces corazón nuevo de la ciudad, en la ahora rebautizada avenida del Acueducto. Allí Justo y Angelines se las componían para colocar no sé cuantos artefactos en tan pocos metros y con tanta habilidad que incluso cabían los clientes. Las cervezas de él, que llamaba de concurso, y los huevos rellenos de ella ya forman parte de mi memoria de bar, que les aseguro es larga.
Hoy he visto que lo reabrían, con pocos cambios, lo que es buena noticia, querido Justo. No se te olvide contárselo a Angelines, que te espera en el cielo de los alegres hogares y los entrañables bares.