Preguntadas mis hijas a quién votarían mañana, si no fueran unas tiernas adolescentes y pudieran ejercer este derecho, responden que al partido que se preocupe por el medio ambiente. Argumentan, al tiempo como buenas mellizas, que «el planeta es nuestro futuro» y me miran a los ojos y al carnet de identidad para decirme sin decírmelo que el mío no lo es. Será posible; cría hijos y tendrás pequeños seres realistas.
Estas ecologistas de la quinta del biberón es obvio que poseen más conciencia medioambiental que generaciones precedentes. El cambio social y el esfuerzo educacional en los colegios son dos pilares de este gusto por la defensa de la naturaleza. Pero existe un tercer motivo, que quizá influya aún más que lo que les cuenten en las redes y en la escuela, y tiene nombre: Greta, la niña activista sueca, espejo para la gente de su edad, 16 años.
Querida Greta: es fantástico que encabeces una revolución tan civilizada y que conduzcas a tus congéneres de edad por una senda verde, pero lamento decirte que estas cosas necesitan del maldito parné, o como se diga en sueco. Queridas hijas, Oti y Candelita, igual os digo y os desvelo que parné es dinero para que no lo busquéis en el diccionario. Y lo mismo os cuento queridos del Colectivo Azálvaro, que pedís que aumente el gasto en la carretera de El Espinar a Ávila para evitar atropellos a animales.
No os aflijáis, que con vuestros votos algún día ganarán aquellos que den prioridad al planeta. Pero no será mañana.