Circulaba hace ya tres decenios una broma sobre el entonces líder regional del PSOE y posterior presidente del Senado, Juan José Laborda. «No tires tu voto por La-borda» era el juego de palabras de sus rivales, en un ejercicio de arte que no se estila mucho por estas tierras. Les recuerdo que estamos en la muy austera, seria y circunspecta meseta.
La guasa vuelve recurrente a mi cabeza en las elecciones. Y en estas, que nos venden como la madre de todas, históricas como nunca se había visto y decisivas para nuestras vidas y la de nuestros incautos descendientes, también me ha ocurrido. Mi voto por la borda de mi barco que surca el Eresma o el mar de La Granja. No me lo quitaba de la cabeza hasta que en campaña nos contaron que en la España vacía, vaciada, rural o, simplemente, pequeña en la que vivimos éramos decisivos. Y se me encendió la luz y con la cabeza bien alta fui a votar. Qué alegría más grande: soy decisivo y ustedes, vecinos y paisanos, también.
Mi autoestima de votante aumentaba conforme avanzaba la jornada y con los resultados más: no solo somos decisivos aquí en la tierra olvidada, sino que hacemos lo mismo que en las grandes ciudades y actuamos como sus admirados urbanitas. Que ya no somos unos provincianos moderados y nos hemos echado al monte para seguir la moda de azotar al PP hasta que sangre, –que diría algún machote con bula–, dar al PSOE el triunfo y abrazar a los liberales de Ciudadanos antes que a los absolutistas y carlistas de Vox, cuyo candidato les recuerdo se llama Carlos Hugo.
Y con ese soltarnos el pelo, en Segovia hemos quebrado el reiterado y anticuado 2-1 para optar por la modernidad del 1-1-1. Nos subimos así al carro ya desde nuestra condición de decisivos. Con esas credenciales de ser afectos a los nuevos tiempos iremos al que gobierne en Madrid para hablarles de lo nuestro, de la España yerma. Hemos cumplido, sin tirar el voto por la borda, y esperamos reciprocidad, que no hace falta que sea una plaza en el avión presidencial, porque somos decisivos pero no tanto.