A los concejales electos les ha dado un ataque de pasión;pero no por los ciudadanos a quienes representan, aunque alguno habrá, sino por los sillones en los que van a sentar sus reales, que a unos quema antes de probarlos y a otros llena de inquietud por saber si será el suyo o tendrá que cederlo a su enemigo íntimo.
Para los quemados preventivos, esos que han tenido una reacción de ansiedad frente a una situación desconocida y renuncian al sillón de forma previa, toda la comprensión y hasta envidia al saber que pueden elegir la opción de marcharse sin haber llegado, para quedarse más a gusto que un arbusto. Para los otros, cuyo miedo escénico es que les muevan el sillón y les toque uno con los muelles fuera y desvencijado, también toda la consideración y ningún celo, ante la tarea de lidiar con nosotros, los vecinos, todos los días del año sin solución de continuidad.
En ambos casos el diagnóstico es una dolencia que podría llamarse pánico municipal: unos previo al sufrimiento y otros crónico, al menos cuatro años. Mas no se aflijan, amigos, que no es contagioso, salvo que le dé a usted por tratar de racionalizar esta situación de ayuntamientos pendientes de un hilo; o de un voto.