Que las cosas de palacio van despacio es de primero de refranes y dichos. Y que las cosas de los palacios de Segovia son lentas hasta la saciedad es de un curso más avanzado en expresiones populares, que, como ocurre con todas, aciertan y se cumplen de forma inexorable.
Porque a este discurrir perezoso en las grandes obras públicas de la ciudad se sumó el verano pasado el Palacio de Justicia, cuya construcción se paralizó. Gozó de un comienzo prometedor a finales de 2015, pero era un espejismo y como a todas sus hermanas de sangre, esas infraestructuras que nos iban a cambiar la cara y hacer entrar en la modernidad, les falla el fuelle y abrazan el ‘interruptus’ con facilidad.
La lista es agotadora, desde el teatro Cervantes –ahora la fecha final de sus hipotéticas obras es 2023– hasta las en su día interminables construcciones del edificio del INSS o la Biblioteca pública; largas las fiaron y largas las ejecutaron. Y no hablemos del campus o la línea ferroviaria de alta velocidad, que se hermanaron con el curioso sucedido de la colocación en dos ocasiones de la primera piedra; en el caso del tren de la primera traviesa. Cosas de cambios de gobierno, de vanidad y de descaro político.
El Palacio de Justicia ha entrado pues en ese exclusivo club de las obras pausadas y eternas. Y ahora a por la plusmarca: a ver si consiguen superar a sus antecesores en esta loca carrera por quien logra el premio Pepe Gotera y Otilio, chapuzas a domicilio.