Van a ser distintas las Navidades que se avecinan. Todo porque han cambiado muchas cosas a lo largo de este horrible 2012. Y aún más parece que pueden variar si se cumple la profecía maya del fin del mundo. Desde luego, si aciertan con su augurio de catástrofe y destrucción, ya nos dará igual que el año haya sido un desastre, grosero e ingrato y nos traerá al pairo lo bueno o malo que hayamos acumulado en este valle de lágrimas. Y podremos decir bien alto que el mundo ha terminado, ya no me cuente usted su vida.
Mientras esperamos la llegada del tenebroso día –el 12 del 12 del 12 o del 20-12-2012 o del 21 del 12 del 12, que para gustos están las combinaciones numéricas– y antes de que doblen las campanas por todos y cada uno de nosotros la fecha fijada, continuamos con nuestras cosas, esas que ya no valdrán nada si a los mayas les da por atinar. Seguimos con el culebrón de Caja Segovia, disuelta como un azucarillo y a partir del martes en manos de vaya a saber usted quién, por orden y gracia de la Junta de Castilla y León. Han fijado un día, como si fueran unas mayas cualquiera, para expedir el certificado de defunción como entidad de crédito y para que venga una comisión gestora que tramite su conversión en una fundación. Y lo hará sin cinco de sus empleados que se irán a su casa al no subirse al carro de Bankia y con el muerto heredado de las acciones judiciales contra antiguos directivos. Un final que ni los mayas hubieran imaginado en sus predicciones más pesimistas.
Ya les digo que mientras aguardamos las Navidades del fin del mundo, continuamos con nuestros asuntos como si nada fuera a ocurrir. Seguimos con la compra de lotería, incautos de nosotros, a pesar de que los mayas dicen que no llegaremos al sorteo del día 22. Qué faena desde luego si nos toca y ya no existe quién nos lo abone, ni lugares donde gastar los alegres euros navideños. Nada, pero erre que erre compramos de manera compulsiva, no vaya a ser que los mayas la líen y no hayan apuntado bien y le toque al vecino y no a mí. Por cierto, si se fijan crece de forma exponencial el número de participaciones de lotería de Navidad con donativo incluido. Que si para el club deportivo, que en solidaridad con los niños de África, que si para la asociación vecinal y hasta para los partidos políticos, que uno pensaba que nos necesitaban solo un día cada cuatro años y porque les obligan.
Mientras esperamos el santo advenimiento del fin del mundo, seguimos pues con nuestras cosas, algunas sorprendentes y que, como les decía, harán de estas Navidades algo diferente. Porque distinto van a ser los portales de Belén, que si le da tiempo a usted a ponerlo antes de la hecatombe, ya no deben llevar ni mula ni buey, que lo ha dicho el Papa en un libro. Así, de un golpe certero, se ha cargado la iconografía del Nacimiento, a la espera de que opine sobre la idoneidad de colocar musgo o de elaborar ríos con papel de plata.
Se aproximan pues de forma inexorable las Navidades del fin del mundo, las de las entidades financieras y belenes reconvertidos y las que nos atenazan ante la perspectiva de no poder consumir a lo bestia, como nos gusta. Pero saben algo: que los mayas, muy espabilados ellos, no tenían Navidades y ese problema que se ahorraban.