La renuncia de Benedicto XVI ha marcado nuestra existencia en este último mes. Desde su reubicación en la jerarquía de la Iglesia hasta la elección de su sustituto, todo ha sido un continuo bombardeo de información, de bendita información. Y entre tanto hecho histórico a uno se le quedan cosas que espero almacenar en la memoria para que me pille más instruido en el asunto cuando se produzca otro cambio de pontífice, algo que dada la edad del recién designado es obvio que será más pronto que tarde. Y espero verlo, claro.
Decía que uno retiene detalles cuando algo está llamado a entrar en los libros de Historia, como es el caso. Quién no recuerda dónde estaba el día que murió Franco o en la inquietante jornada del golpe de estado del 23-F; o ya en este siglo el 11-S o el 11-M. Y si me apuran y para demostrar que hay hechos que marcan para toda la vida, nuestros ascendientes que aún pueden contarlo recuerdan dónde estaban el día que terminó la guerra civil en el lejano 1939.
Pues de este asunto –ya noticia del año en este recién estrenado año 13–, espero recordar el sistema de elección. El proceso es curioso y le tachan de anticuado por no utilizar las llamadas nuevas tecnologías, a las que por cierto deberíamos quitar el calificativo porque ya llevamos conviviendo con ellas muchos años y de nuevas tienen poco. Fumata negra, fumata blanca; extra omnes; camarlengo; la capilla paulina y la capilla sixtina. Todo son términos que han estado entre nosotros en estos días que han cambiado la Iglesia.
Y dentro de que este método electoral, con todas sus curiosidades, me llama poderosamente la atención, aún más lo hace el tremendo gusto por las apuestas que tenemos, en un proceso rodeado de tanta solemnidad. Sí, las apuestas por tal o cual cardenal y sus pertinentes explicaciones me han dejado con la boca abierta. Y no lograba cerrarla cuando leía que, por ejemplo, un candidato africano, de Ghana para más señas, tenía en su contra que se había exhibido demasiado y que acumulaba muchas meteduras de pata. Pues vale, por este ya no apuesto. O el arzobispo de Hungría del que decían se le veía muy joven –solo 60 años le contemplan– y con poco carisma. Por este, tampoco. O un italiano del que aseguraban que los extranjeros, los no italianos, desconfiaban de él. Y así hasta una docena de papables, con sus argumentos a favor y en contra. Todo muy adecuado y respetuoso para el asunto.
Y miren por donde que entre esos candidatos objeto de apuestas no estaba quien ganó, el ya Papa Francisco, argentino y jesuita, dos condiciones que parece le descartaban. Las casas de apuestas no previeron que todo esto es tan singular que de nada sirven los criterios de otras elecciones o competiciones; que aquí las cosas están en manos de personas que muchas de ellas se guían por señales divinas y no por argumentos terrenales. Y así, claro, ya ven que nadie acertó.
Sin embargo, el gusto por apostar no se detiene porque ahora llegan los pronósticos sobre cuál será el primer país que visite el Papa o si hará una limpia en la curia para quitarse de en medio a quienes no comulgan con él aunque aquí comulgar, comulgan todos. O con qué sobrenombre se le conecerá al pontícife, si ‘El Papa de los pobres’ o ‘El Papa rompe esquemas’ o algo así. Hagan apuestas, que en esto no hay credo ni fe diferente, porque, como a los ojos de Dios, aquí todos somos iguales y tenemos las mismas posibilidades de atinar, que son muy pocas, visto lo ocurrido en el cónclave que nos ha ocupado en este ocaso del invierno.