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Jaime Rojas

La canaleja, crónica social de Segovia

El tren que agoniza

El lobo ya llega. Y no es una fábula, ya saben aquella del pastor que gastaba la broma de dar la alarma y cuando de verdad el animal más temido de los cuentos se acercó a su rebaño pudo zamparse las ovejas sin oposición de los vecinos, que no le creyeron y no acudieron en su ayuda. Pues el lobo ferroviario parece que ya está muy cerca de Segovia y en esta ocasión tiene todos los visos de ser cierto, de no ser ni una falsa alarma ni una guasa. Y viene para dar un golpe mortal a la agónica línea convencional que nos une con Madrid.
Es una lástima, que duda cabe. Y lo es por motivos sentimentales, ya que precisamente el próximo mes de junio –el día 29, San Pedro, patrón de las fiestas de la ciudad para más curiosidad– se cumplen 125 años desde que comenzó a funcionar la conexión con la capital de España, aunque la línea ya estaba cuatro años antes. A esta melancolía de lo que fue se suma el servicio que presta a los habitantes de los pueblos en el corredor del sur desde la capital segoviana hasta llegar a El Espinar. Pero la nostalgia, la belleza del viaje –que servía de inspiración a Machado en el largo tiempo del traqueteo– no ha de impedirnos ver que el recorrido entre las dos ciudades por esta línea es antieconómico, con escasos viajeros, tan exiguos que a veces su número es cero.
El Gobierno planea suprimir el histórico tren a Madrid, pero mantenerlo hasta Cercedilla y allí si uno quiere seguir, seguro que hay conexiones. Lo que se quiere finiquitar es el puerta a puerta, el enlace directo de Madrid al cielo segoviano o al contrario. Es la consecuencia del Ave, ese invento que nos iba a poner en el mundo mundial y que iba a llenar la ciudad de gentes de todo tipo que poblarían nuestras viviendas y ayudarían a crecer nuestros negocios. Es evidente que nos permite ir y venir con más celeridad que por la vieja línea, ahora venir lo que se dice venir aquí a quedarse entre nosotros no ha venido nadie que yo sepa.
El concepto de este plan es evitar lo ineficiente, lo que no renta y además cuesta. Vista la situación parece razonable acabar con lo que nos resta y no nos da, para que no se cumpla aquello de quita y no pon y se acaba el cajón. Así es en las infraestructuras ferroviarias o en cualquier otro sector. Y a mí se me ocurre aplicar estos planes para liquidar gastos insostenibles a otros ámbitos. Uno cualquiera, sin acritud, claro: el de los políticos intermedios. Piensen ustedes que los de Bruselas son como el Ave y los locales y cercanos son el tren a Cercedilla, con paso por varios pueblos y servicio próximo a los ciudadanos. Pero nos quedan miles en el medio, que son como el tren directo a Madrid por la añeja línea, que no utiliza casi nadie y, lo que es peor, que desconocemos para qué sirven si ya tenemos la alta velocidad europea donde se decide sobre nuestras vidas.
Realizada la comparación, la conclusión es que sobran esos políticos que habitan en el medio, que como en el caso del tren de la sierra no deberían contemplarse como obligación de servicio público. Podemos vivir sin ellos, sin sus sueldos, prebendas y privilegios. Y como con el agónico ferrocarril nos invadirá la añoranza de pensar que un día teníamos posibles para mantener románticos trenes deficitarios y políticos a mansalva. Pero a estos últimos nadie les echaría de menos. Creánme, que ni por melancolía.

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Sobre el autor

Jaime Rojas, delegado de El Norte de Castilla en Segovia, nos contará, todos los domingos, la crónica social de Segovia, capital y provincia.


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