Toca a su fin el oasis del verano. Después de tres meses en los que en alguna de sus jornadas hemos soñado que aquí no pasa nada, que esto es una pesadilla de la que despertaremos, volveremos en breve a la cruda realidad, al otoño melancólico, ese en el que los días son más cortos y la noche nos acompaña de forma insistente. Y aunque todavía nos quedan las últimas fiestas de pueblos hasta final de mes, esto ya huele a desenlace, a terminación de una estación propicia para disfrutar.
Regresamos pues a la dura existencia, al tiempo de defender nuestro empleo –el que tenga la suerte de mantenerlo–, al tiempo de olvidarnos del ocio e ir al negocio. Y las miles de personas sin trabajo retomarán el envío del currículum y seguirán con su formación permanente con la esperanza de que suene la flauta. En la búsqueda soñarán con que el oasis del verano se convierta en otoño en el oasis laboral y hallen el Santo Grial del mercado de trabajo.
Desde luego, huecos hay, pocos pero hay, pero no en las profesiones tradicionales, esas para las que prepararon a nuestra generación. Ahora los jóvenes –con una tasa de paro en torno al 56%– pueden agarrarse a ser comercial de eficiencia energética, programador de aplicaciones de móvil o community manager; también pueden buscar su espacio laboral como expertos en contaminación y gestión de residuos, director de comercio electrónico o consultor de riesgos tecnológicos. Todos yacimientos de empleo, aunque les parezca extraño, en boga; todas ocupaciones cuyo verdadero valor es satisfacer nuevas necesidades que nos hemos creado en esta sociedad tan pintoresca.
Los sectores donde se puede encontrar una salida en la vieja Europa se van comprimiendo y se centran en servicios de ayuda diaria y de mejora de la vida o relacionados con el ocio y las actividades deportivas. Todo un mundo de escape para los que nos siguen en edad, pero que posiblemente a muchos de nosotros se nos escapa. Son oficios que deberían obligar a reinventarse a quienes se ocupan de la formación juvenil, en un país con más de cuatro millones y medio de parados y en el que se cierran casi dos centenares de empresas al día.
Datos y cifras, con los que excusen les maree, pero que indican que esto cambia más deprisa de lo que quienes llevan las riendas de la sociedad son capaces de asumir. Datos y cifras que, en nuestra pequeño oasis segoviano, suenan tan a chino como las palabras de los turistas que descubren nuestras calles. Datos y cifras que conocen bien los más jóvenes, esos que huyen a Madrid, como lo hicieron sus antepasados. En esa diáspora nada ha cambiado, continuamos con un ojo puesto en la capital, en el barrio más grande de Segovia, como nos afanamos en bromear.
Bienvenidos pues a la realidad y sigan la línea de las palmeras a ver si encuentran su oasis, sea laboral o de otro tipo, que no solo de pan y trabajo vive el hombre. Y aunque sea en estos oficios a priori tan aburridos, que tengan suerte de hallarlo, les guste y lo pasen bien.