Me presentaron ya hace meses en un coche, camino de La Granja, a un tipo de mediana edad y con marcado acento catalán. Trabajaba en Barcelona en una empresa relacionada con un reciente asunto de corrupción, uno de los muchos que salpican todos los territorios de todas las Españas, sin distinguir si sus moradores quieren ser o no de estas citadas Españas. En el trayecto hablaba mucho y buscaba llevar la conversación a la política y, más en concreto, a los escándalos. Terminados sus argumentos que no recuerdo, supongo que por parecerme genéricos y ya oídos, captó de nuevo mi atención gracias a una frase mágica: «allí el que no está imputado no es nadie», espetó de forma jocosa.
Uno, que es ingenuo, pensó que era una broma y que como había vivido de cerca un caso de corrupción esta era la forma de mofarse de quienes habían metido la mano en el cajón o vaya a usted a saber qué otra maldad. Pues, no, inocente de mí. Meses después pregunté por él y me enteré que estaba no solo imputado, sino encarcelado por el asunto. Vaya, o el tipo se estaba riendo de sí mismo y de su destino o no sabía por donde le iba a llegar la bofetada. Me inclino por lo primero, aunque doy margen a la segunda opción porque uno ha de confiar siempre en la especie humana y pensar que la broma o era producto de su tranquilidad de conciencia o por despecho a sus compañeros de trabajo, imputados y bien imputados.
Y a Segovia ha llegado ese terrible chascarrillo, que ya marca tendencia, que aquí y ahora parece que el que no está imputado es un pelanas, un timorato. Parece que si no estás en esa pomada judicial eres un don nadie, un tuercebotas, un ‘matao’, un blandito. Y parece que si no se acuerdan de tí en los tribunales eres un flojo, un poca cosa o una mosquita muerta. Vamos que hablen de tí, aunque sea mal, lema que siguen a pies juntillas muchos de los famosos o famosillos que son o que en el mundo han sido.
Pero la cosa es mucho más seria que la teoría de imputación igual a reconocimiento social, que mantenía ese catalán que terminó en la trena, con sus bromas y con los judiones de La Granja que comió aquel día. Aquí, decía, ha llegado el escándalo a través de Caja Segovia, como no podía ser de otra manera que diría un político que no haya renovado sus topicazos. Esto es grave porque los diecinueve imputados por pertenecer al consejo de administración y al comité de retribuciones de la que fue nuestra caja no son unos pobrecillos en el marco de la sociedad segoviana. Desde el alcalde al presidente de los empresarios; de los socialistas al PP, pasando por quienes llevaron las riendas de la que fue primera entidad financiera de la provincia y santo y seña de quienes en ella habitamos.
Y es serio porque, independientemente del grado de responsabilidad de cada uno y de lo que conocieran o dejaran de conocer en la ruina de la caja, estaban ahí porque nos representaban y muchos de ellos aún nos representan. Ese es el asunto y no si iban de oyentes o la culpa es de los gestores. Cualquiera comprende que las cuentas al céntimo o el asiento de la anciana en la cartilla no las llevaban ellos, pero también cualquiera con un mínimo de sentido común entiende que a los sitios no se va a sestear y no enterarse. Y si no sabes o no quieres saber, no haber ido.