Año 2023. Diez años han transcurrido desde que el Instituto Nacional de Estadística vaticinara que en Segovia íbamos a ser miles de habitantes menos. Y ha acertado: quedamos –espero estar entre ellos– cuatro y un tambor, además de viejunos y calvos y, por mi edad y por los indicios de mi cabellera, he cumplido esos dos requisitos. Somos menos, bastantes menos, y ni rastro de los inmigrantes que poblaron calles y barrios en los ya lejanos y gloriosos inicios de siglo.
La gente ha cambiado, el segoviano medio ya no dice ‘buenomajo’ o ‘a la que vas’, pero continúa conservando los mismos males eternos que azotaban un decenio antes. Allí sigue el Ayuntamiento de la ciudad como un envilecido patio de vecinos de esos auténticos, con su colada y rulos en las cabezas de las señoras. También habitan entre nosotros los eternos debates sobre el casco histórico –su plan especial aún está en fase de estudio para desesperación de los oficios varios de la ya casi extinta construcción– o la recurrente polémica sobre si son o no necesarios más aparcamientos. Aquí el del Salón todavía navega entre informes de no sé qué organismo mundial y el del Hospital, nada de nada, con los vehículos por las tierras ya hasta el cruce de Tejadilla. Diviso gente que acude a consultas y pruebas andando por la carretera con el botecito de la orina y otras pruebas parecidas. Y todo es porque no solo el estacionamiento se ha quedado pequeño, sino por la prohibición de aparcar en varios kilómetros a la redonda.
Y la Plaza Mayor y sus aledaños, en este 2023, está tan vacía que los escasos vecinos que no son octogenarios han formado patrullas ciudadanas y quedan para salir o regresar juntos a sus casas para evitar males mayores. En los barrios, la vida es más tranquila, con menos sobresaltos, aunque su población envejece a pasos agigantados. Y en los polígonos industriales solo quedan tiendas de orientales y almacenes de chatarra.
¡Ah! y el CAT y el palacio de congresos, otrora joyas de la corona, que por fin vieron la luz, se apagan sin remedio ante la falta de usuarios. Ni empresas tecnológicas, ni convenciones internacionales pueblan sus ya algo ajadas instalaciones. Y cerca, muy cerca, la estación del Ave, que, a principios de siglo fue recibida con entusiasmo, ahora languidece y las vacas de la finca contigua se han comido hasta las plantas de plástico. Los trenes pasan y no paran, porque, privatizada la red ferroviaria, a la empresa no le interesa recoger a los cuatro tipos que aún conservan su trabajo en Madrid.
Y de la provincia casi ni me acuerdo. Voy poco. Sólo sé que ya no tienen problemas con el agua. Es una cuestión matemática: a menos bocas a beber, a más líquido tocan. Sí conozco que quedan los domingos en un pueblo por comarca para oir misa. Ya no hay curas y vienen de importación allende los mares o del interior de África. Tampoco hay muchos feligreses, claro.
Cada día que pasa somos menos. Y bajando. Me cruzo con un grupo de niños y me devuelve la sonrisa saber que hay recambio. Ellos mantendrán la especie segoviana, aunque preveo que tomarán sus maletas y se buscarán la vida fuera. Ese día lloraré por no haber sabido defender lo nuestro como un hombre, en esta Granada mesetaria, conquistada por la despoblación y la falta de miras de todos, sin excepción.