Ya han pasado, no se agobien. Han llegado y se han ido, tras dejar un rastro de inquietud entre quienes esto de las urnas es una parte muy importante de su vida. Las elecciones europeas del 25-M son ya historia, esa que tiene aún un pequeño recorrido, porque la Europa unida con sus representantes elegidos por sufragio es algo de esta generación, que está todavía en pañales si lo comparamos con otros escenarios que han reinado en el continente durante siglos.
Se fueron para volver en un lustro, salvo fuerza mayor, que aquí nunca se sabe como puede terminar esto del matrimonio entre alemanes y franceses o checos y eslovacos, por poner un par de ejemplos. Si Dios y Europa permiten que regresemos a las urnas en cinco años nuestros padres de la patria europea van a tener que incentivar como sea a sus representados para que no se olviden u obvien lo de acudir a depositar el sacrosanto voto. Que esto parece tener menos interés que un anestesiante documental de televisión en la sobremesa. Y en el caso de convencernos en este tiempo para que le tomemos gusto a este asunto y nos hagamos todos muy europeístas, también deberían contarnos que se vote con la cabeza y no con el cabreo que todos y cada uno llevamos dentro ante tan escasa empatía de los políticos con el resto de los ciudadanos.
Mientras esperamos que en ese lustro –llegará, ya verán, tan rápido como los anteriores– reflexionemos sobre qué pintan todos esos tipos en ese macroparlamento, en Segovia no hemos nadado contracorriente, como a veces solemos hacer para desesperación de analistas. Aquí los grandes partidos se han pegado una galleta tremenda, aunque uno más que otro, como en todas partes. Además, los minoritarios se han hecho fuertes, han crecido a la sombra del desencanto generalizado. Incluso, las formaciones extrañas que aprovechan la circunscripción única para colarse en nuestros colegios electorales han sacado sus cosas, que gente con ganas de votar a quien le sale de las narices también hay en esta tierra.
Y por municipios ni les cuento. Curioso es poco. Hay muchos de los 209 que reflejan en el escrutinio un solo sufragio destinado a varias de estas formaciones que en Segovia –y supongo que en otros lugares, también– pintan menos que la famosa Tomasa en los títeres. Dos votos para Extremadura Unida en Palazuelos; uno para el Partido Andalucista en La Losa o uno para los llamados Piratas en Martín Muñoz de la Dehesa o en Maderuelo. A saber qué razones tuvieron o qué raíces en los dos primeros casos, que los acentos extremeños y andaluz son los más difíciles de perder.
Al ver esto uno piensa que no es descabellado que la gente se quede en casa o se vaya a dar un paseo en una tarde primaveral. Que esto no es serio, que tenemos el concepto de Europa y lo que significa y representa la Unión un poco alterado. Esto no es Eurovisión para enviar y luego votar al Chiquilicuatre aquel; que es más trascendental, aunque no suscite interés para la mayoría de los mortales. Y aún más se quedarían en casa si analizaran que de los 751 parlamentarios, la mitad irán a calentar el escaño porque carecen de función alguna. Que solo los de formaciones grandes tendrán responsabilidad. Así uno se desilusiona y piensa: ¿y si formo un partido? Tienen cinco años para meditarlo.