Contaba el hijo de Adolfo Suárez, en un reportaje en televisión sobre la figura de su padre, que la democracia española nació en Segovia. Y lo decía con solemnidad y seguro que orgulloso de que la salida de la Transición se produjera aquí, en una tierra histórica pero siempre en los confines del abandono. Se refería al 7 de enero de 1969, día en el que se produjo el conocido episodio del papel de la comanda en el Mesón de Cándido, en el que su padre, gobernador civil, anotó en el mismo los pasos a seguir en el advenimiento de un nuevo sistema político y se lo entregó allí mismo al entonces Príncipe Juan Carlos .
La famosa nota nadie sabe de su paradero, pero escribirse se escribió, tal y como han contado varias veces sus protagonistas. El régimen de Franco se encaminaba de dictadura a ‘dictablanda’ y las miradas se volvieron a Segovia, cuna de tantos hechos trascendentales, aunque demasiado alejados en el tiempo. El papel no se convirtió en mojado y en los años sucesivos, con el monarca y Suárez al mando de la bisoña democracia, lo segoviano traspasó por fin las barreras provinciales, llenas de telarañas, para ser protagonista nacional.
La fuerza del clan segoviano que había formado Suárez a principios de los setenta con su amigo Fernando Abril Martorell daba sus frutos años después, hasta el punto que en la legislatura constituyente –van a cumplirse ya 40 años– la presidencia del Congreso recayó en el número uno de la lista de UCD por Segovia, el cuellarano Modesto Fraile. Fue aquel episodio, también muy conocido, de la carrera de coches para llegar antes a San Jerónimo entre él y el diputado igualmente por esta circunscripción, el socialista Luis Solana. Ganó Fraile y fue presidente y el asunto ha pasado, como bien saben, a la intrahistoria de la democracia.
Segovia siguió por el camino del protagonismo, con diputados que marcaron varias épocas en el Congreso. Desde los ya citados junto al recientemente fallecido Carlos Gila, que coparon los primeros años y buena parte de los ochenta, hasta ex ministras como Loyola de Palacio o Ángeles Amador en los noventa. O ya en este siglo una vicepresidenta del Gobierno, aún con raíces aquí, María Teresa Fernández de la Vega, amén de otras señorías, menos mediáticas, pero también de calado.
Sin embargo, y como le suele ocurrir a esta tierra, termina devorada por quienes no se la merecen. Para eso, mejor que se olviden de ella, que vivimos más conformes y templados en la tibieza que en la trascendencia. Porque del orgullo de parirse aquí la Transición y de ser protagonistas por el triunfo de varios diputados con el sello segoviano, hemos pasado a escondernos y a cambiar de tema. Y es que de política nacional no queremos ni hablar y nos sonrojan los episodios que han llevado a ponernos en el vergonzoso mapa de la corrupción.
Primero Merino y luego De la Serna; diputados que enarbolaron Segovia en este siglo en el que parece que se nos acabó la decencia. Y vuelta otra vez con el primero al comenzar ahora el juicio contra él; luego se sentará en el banquillo el otro, cuando ya parezca que se han olvidado de nosotros. Y así nadie se acordará que aquí nació este invento, ni hablará de la comanda de Cándido o de la carrera y tendremos que aguantar que nos digan eso de «buena la tenéis liada en Segovia ¿eh?».