Como en casa, en ningún sitio. Tapizado en el sofá, de ‘chatos’ por el barrio o por el pueblo y, como mucho, el fin de semana a la Plaza Mayor, a observar a quienes practican eso del turismo. Cualquier opción sirve, pero sin moverse del entorno, que da mucha pereza, un bien amplio, y cuesta dinero, que es un bien escaso. Así es la vida de muchos, a pesar de que esta provincia es una potencia del ramo; pero ni por esas, que en este caso puede más el pecado de la pereza, que el de la envidia de ver a los otros hacer turismo.
Como en casa, en ningún sitio, decía, y menuda morada deben pensar los miles que se aventuran a visitarnos. Un ejemplo: el mes de octubre, recién terminado el verano y con los bolsillos tocados ha sido una apoteosis turística en Segovia, solo superado por el florido mayo y el clásico agosto. Una sorpresa, que es menos si se tiene en cuenta las fiestas y puentes. Llenazo, colapso y epítetos de este tipo han servido para explicar la avalancha de ciudadanos deseosos de ver que es eso de Segovia.
Como en casa, en ningún sitio, insisto, deben pensar muchos segovianos, porque el puente de San Frutos, lejos de ser como es tradición un momento de gran éxodo temporal a las vecinas y comerciales ciudades de Madrid y Valladolid, este año no ha sido para tanto. Vamos, que El Corte Inglés no ha arrastrado masas ingentes de paisanos de esta tierra y parece que ya no hay carteles que dan la bienvenida a los segovianos el 25 de octubre. Hasta eso se ha perdido por la maldita crisis.
Pero claro, como en casa, en ningún sitio. Hay un estudio de profesores de la Uned que dice que uno de cada diez españoles nunca ha salido de su provincia. Extrapolado a Segovia tendríamos que existen más de 15.000 vecinos que no han abandonado el terruño y que Cuéllar por el noroeste, Ayllón por el nordeste, El Espinar por el sur o Montuenga, por el oeste, son para ellos barreras infranqueables, fronteras a lo desconocido, abismos que son el Finis Terrae del siglo XXI. Me imagino entre ellos a gente mayor, con ajustados recursos económicos, pero seguro que hay alguien que quiebra este perfil y nos sorprende. Pregunten entre sus allegados y descubran quiénes son esos alérgicos a los movimientos migratorios, aunque sean provisionales. Seguro que es curioso.
Ya ven que como en casa, en ningún sitio. Eso debieron pensar los simpatizantes y afiliados de los partidos en la noche del jueves, en la ya manida pegada de carteles, un asunto melancólico y setentero, al que ya pocos prestan atención. Cada uno en sus feudos naturales, en sus bares y en sus plazas desafiaron la noche lluviosa, de esas de manta en el sillón y mando a distancia del televisor muy a mano. El PP tomó la Plaza Mayor y el PSOE realizó un pasacalles, actitudes en ambos casos que parecen metáfora de lo que puede ocurrir después del 20-N.
Figuras literarias aplicadas a la política aparte, convendrán conmigo que como en casa, en ningún sitio, algo que pueden sufrir los partidos el día de autos. La encuesta preelectoral del CIS confiere una participación alta –veremos si es así–, pero desvela detalles como que a dos de cada tres ciudadanos la política les importa poco o nada. Vaya, que somos un ejército de desagradecidos, con lo que se preocupan ellos por nuestra prosperidad, por nuestra abundancia.
Y como, no sé si he dicho, que como en casa, en ningún sitio, lanzo otro dato que lo atestigua: en los nueve primeros meses del año han cerrado una de cada tres inmobiliarias en la comunidad, cifra que se eleva a casi la mitad en Ávila, que es la campeona de toda España. Pueden ver que la gente ya no se mueve de casa ni para cambiarse de casa. Faltaría más, con la pereza que da y el frío que hace fuera.