Siempre hemos sido un país de listos o, al menos, de eso presumimos. Y como en aquel anuncio, buscamos, comparamos y si encontramos algo mejor, lo compramos. Porque somos más espabilados que nadie y a mí no me timan, que para eso me he criado en la calle, en no sé qué tiempos oscuros y difíciles, de los que le hacen a uno agudizar el ingenio. Hasta ahí todo correcto, que cada uno se crea la dura vida que dice haber llevado o se engañe a sí mismo, que para eso tenemos la fama de no contar la verdad ni al médico, ni en las encuestas, que luego al pobre Tezanos le atribuyen menos puntería que a Benzema, este quizá sí con una infancia complicada.
Pero cuando esa presunta cualidad de ser un vivo perjudica el bolsillo de los demás, el asunto pasa de permisible a obsceno. Es lo que ocurre con los hosteleros de Segovia, a quienes no les hace ni puñetera gracia la picardía de reservar mesa en varios establecimientos a la vez y obviamente solo acudir a uno y no avisar a los demás, que se quedan al pie del altar compuestos y sin comensales. Dicen que la mayoría es respetuosa y llama, aunque sea con excusas de manual –el mal tiempo o la suegra indispuesta– y que los menos son los que causan el trastorno de no alertar, quizá porque no se les haya ocurrido mirar la previsión meteorológica o la suegra esté como una rosa de Alejandría.
No sean tan espabilados, que no han tenido que saltar al ruedo de la vida por necesidad, como el torero que aseguraba que más ‘cornás’ da el hambre. El mismo que van a pasar la próxima vez que reserven en falso.