Decía Alex Grijelmo, al recibir el martes uno de los disputados premios Castilla y León de la Junta del mismo nombre, que la gente se va sin remedio de esta tierra, pero que impidamos la despoblación de las palabras. Bonito intento de este artesano de la lengua, aunque temo que en vano. Aquí no quedará ni el cancerbero para cerrar la puerta, como continuemos por la senda que conduce al parque temático y se aleja de la estabilidad laboral.
Empleo se crea, sí, pero no nos engañemos que está cogido con alfileres. Las cifras hablan en positivo del sector sanitario –cada día más viejos y más pellejos, necesitamos cuidados– y de la construcción y la industria manufacturera–esto conviene de verdad–, en detrimento de bancarios, artistas y periodistas; y lo peor: de los autónomos, sobre todo agricultores y hosteleros, dos oficios muy segovianos.
¡Ay, de los autónomos, del campo o de la ciudad! Como los vencidos en todas las guerras, entregan sus armas y en su rendición solo esperan una muerte digna. Y se les despuebla, Grijelmo, como a las palabras y les entran las dudas cuando van a definirse: ¿empresarios o autónomos? El primer concepto lo han desterrado hace tiempo, por peyorativo para algunos, y el segundo, por maldito.
Solo queda el comodín de emprendedor, que ayuda mucho a la autoestima, aunque es igual de inconveniente: te asan también a impuestos, trabajas de sol a sol, pero es conmovedor saber que es una palabra que por ahora no despuebla.