Las siete plagas de Egipto, el fin del mundo augurado por los mayas y la reforma laboral. Así lo ven, en el mismo plano y como los tres grandes males que han azotado y aún están por azotar a la humanidad, los detractores de la modificación de la normativa del mercado de trabajo. En el polo opuesto, los empresarios no le hacen ascos, aunque tampoco están muy convencidos de que sea el remedio a todos nuestros males y, en el medio –que no en el centro–, el Gobierno, promotor del cambio legislativo, que ahora dice que es mejorable en el trámite parlamentario, que ya saben que sus señorías valen un Potosí y que ante ellos se quiten todos los técnicos y expertos que han redactado la norma.
De esta manera comenzó la semana, con la inquietud metida en el cuerpo de miles de personas que trabajan por cuenta ajena y que ven que lo que antes era un seguro económico ahora ya no lo es tanto. Que los tiempos de ‘me indemnizan y con lo que me dan y el paro vivo hasta la jubilación’ o ‘con lo que me pagan monto un pequeño negocio’ se han esfumado como un amor de verano cuando despunta el otoño. En la otra cara, el autónomo ve que llueve menos si ha de despedir a quien posiblemente haya compartido muchos años de su vida con él y que es como un hermano, pero por culpa del maldito parné se ve abocado a un fratricidio, crimen que es probable que no le sirva para salvar los deteriorados muebles de su pyme, microempresa o como lo quieran llamar.
Un drama en todo caso. Drama de los despidos que se prolonga en el desempleo y que se convierte en tragedia en los parados de larga duración. Y aún va más allá cuando se agota la prestación y puede bloquearse la tarjeta sanitaria, con la pérdida del derecho a la asistencia, que pueden negársela salvo en el supuesto de que acudan a urgencias. Ya ven que los pobres no deben ponerse enfermos, excepto que sea grave.
Drama también para los jóvenes, que hay tramos de edad con índices de paro que se elevan hasta el 50%. La reforma trata de incentivar su contratación con subvenciones a las empresas, pero ni con esas porque hay veces que muchas prefieren la experiencia del empleado a los euros que graciosamente concede la administración. Me contaban un caso de una cadena de tiendas de ropa de señora que busca empleadas mayores de 35 años, con hipoteca y estabilidad familiar, ya que no quiere jovencitas que los sábados por la mañana lleguen con ojeras o, lo que es peor, no lleguen por una enfermedad sobrevenida después de una dura, difícil y larga noche en la que es muy probable que estuvieran rezando el rosario con el consiguiente desgaste físico y psicológico.
Quien tendría sitio en esas tiendas –también en la cadena de congelados Sirena, por motivos obvios– sería nadadora Gemma Mengual, a la que no han despedido sino que ella sola ha renunciado a darse chapuzones de forma sincronizada. Con edad y cargas familiares daría el perfil, sobre todo para la sección de bañadores. Se va porque ya ha dado todo lo que podía, dice, y al no estar ya como pez en el agua.
Estaba algo ahogada y no estaba cómoda, como tampoco Ramsés, el capitán de la Gimnástica Segoviana, que también ha tomado las de Villadiego para autodespedirse. Se va, nadie le echa, en una decisión que le honra y creánme que sé lo que digo al vivirlo desde muy cerca. El gran capitán, el faraón de los campos de Dios en los que ha jugado y el rana, que de todas esas maneras se le conoce. Sí, apodado el rana, a pesar de tener nombre de príncipe; son paradojas de los motes. Ramsés, un tipo excesivo de formas pero un caballero de fondo, es un rebelde. Así lo dice él y su rebeldía le ha valido para tener eso tan complicado de hallar y que pocos poseen: carisma. No se siente útil y como a Gemma se le puede aplicar el aserto de quien da lo que tiene no está obligado a más. Y vaya si ha dado el segoviano de Cantimpalos al histórico club durante tres lustros. Eligió para irse la víspera del día de los enamorados y, como en el cuento del príncipe rana, tanto beso que le han plantado han convertido la tristeza del adiós en la esperanza de un hasta pronto.