«Nos lamentamos de los daños causados a las culturas africanas, americanas o asiáticas. ¿Qué hemos hecho con nuestra cultura campesina, con nuestros paisajes humanizados?». Se lo pregunta Manuel Leguineche, maestro de periodistas, en un capítulo de su obra “La felicidad de la tierra” (Alfaguara, 1999). Testigo directo de los grandes acontecimientos mundiales desde su privilegiada profesión y conocedor como pocos de culturas de todos los continentes, Leguineche escribió durante 13 años un diario, discontinuo, pero diario a fin de cuentas, sobre su experiencia vital en una casa de piedra, en medio de un monte. Al final lo que le salió al maestro Leguineche fue un compendio de reflexiones, sabias reflexiones, sobre la vida desde el cogollo de una cultura, la rural, que él ha compartido muchas veces con quien mejor conoce esta tierra y sus gentes, el escritor Miguel Delibes.
Mañana comienza febrero. Con noviembre, es uno de los meses que, si pudiéramos, seguro que más de uno lo quitábamos del calendario. En la política de Castilla y León, mañana empieza el mes en el que el presidente de la Junta, Juan Vicente Herrera, se ha comprometido a dar a conocer el contenido de lo que ha bautizado como la Agenda de la Población. Será su segundo intento de buscar la forma de poner coto al que, sin duda, es el mal que aqueja a esta tierra, la despoblación. Y es un drama de tales dimensiones, una enfermedad de tal calibre que su diagnóstico obliga no ya a encontrar como remediarla, sino a tener que conformarse con atajarla cuanto antes.
Hay que insistir en que es el segundo intento de Herrera en este campo. El primero, a los tres años de llegar a la Presidencia de la Junta, duerme el sueño de los justos. Murió por inanición y desidia. La primera, porque dejó de inyectarse al enfermo medicamentos en forma de inversiones en el campo. La segunda, porque quienes tuvieron que desarrollar aquel primer intento de curar al enfermo miraron para otro lado y no cuidaron de ver si los remedios del doctor Herrera permitían al enfermo mantener las constantes vitales.
Nueve años, nueve
Febrero, ese mes que si algunos pudiéramos quitaríamos del calendario, es caprichoso. Se cumplen en febrero nueve años desde la designación de Herrera como relevo de Juan José Lucas en la Presidencia de la Junta. Y, ¡oh caprichos de febrero!, Herrera ha convocado mañana al órgano del PP (la junta directiva) que tiene capacidad decisoria entre congresos.
Hablará mañana el presidente ante cientos de cargos de su partido, pero no es fácil que avance claves de por dónde irá esta Agenda de la Población. Tal vez no sea el momento ni el lugar, pero no podrá dejar de tener presente dos hechos que, ¡oh caprichos de febrero!, han sucedido en la antesala del mes en el que quiere presentar esa agenda.
El primero, la impresionante carrera contra el reloj que han protagonizado en los últimos días alcaldes de pueblos pequeños, muy pequeños, de la zona más seca y despoblada de Castilla y León para postularse como lugares en los que construir el cementerio de residuos nucleares. Cómo estará Tierra de Campos de desesperada que algunos de sus hijos no dudan en pedir hasta un cementerio nuclear. Cómo estará de desesperada. Esa es la gran pregunta que debe machacar la conciencia de los políticos de Castilla y León porque, desde el comodísimo espacio en el que se sientan, rodeados de alabastro, ¿de verdad saben los parlamentarios castellanos y leoneses cómo se vive en los pueblos pequeños? No. No tienen idea. Y pese a que les pueda parecer injusta esta afirmación, es real. Si verdaderamente supieran cómo se vive en los pueblos pequeños, cada minuto de cada día de cada uno de los últimos 27 años, los mismos que tiene Castilla y León como comunidad autónoma, los habrían dedicado a trabajar para atajar, que hay que conformarse con atajar (¡cómo de grave será el problema de la despoblación!), la sangría de gente en el campo.
166.500 parados
El segundo hecho relevante que antecede al mes de la Agenda de la Población lo marca una cifra: 166.500. Es el número de parados que tiene Castilla y León, según la Encuesta de Población Activa. Y aquí viene otro dilema, el del huevo y la gallina. Para que la gente se quede en un sitio, ¿qué hay que garantizarle antes, empleo o servicios? Hasta ahora era empleo. Al menos todas las teorías y todos los estudiosos coincidían en ello. Desde hace unos meses crece lentamente el número de entendidos en la materia que dicen que no, que con empleo no basta; que si antes no hay servicios, por mucho empleo que se garantice el ser humano no se queda en un lugar con insuficiente atención sanitaria, con escasos recursos educativos, con comunicaciones deficientes. En definitiva, que hay que garantizar servicios para que haya mano de obra y pueda llegar el empleo. Y esto dicho en una comunidad en la que el 60% del empleo, ¡el 60%!, se concentra en 13 poblaciones, ¡13!, de 2.248.
El problema de la despoblación es mucho más grave de lo que parece. Y tiene pinta de no solucionarse a corto plazo. Es de esos problemas que tendría incluso que estar fuera de la refriega política para poder encontrarle solución con el máximo sosiego posible. No parece que el PP y el PSOE vayan a ponerse de acuerdo para consensuar la Agenda de la Población. Por antecedentes. El PSOE ya dijo sí una vez y se hizo cómplice y corresponsable del fracaso del anterior plan de Herrera. Además, están tan cerca las elecciones y este problema da tanta pólvora contra el adversario en una campaña electoral?
Febrero, el mes que algunos si pudiéramos suprimiríamos del calendario, dará que hablar en Castilla y León por muchas cosas, pero sobre todo porque se conocerá qué propone Herrera para luchar contra la despoblación. Todo un dilema para el presidente. Y una materia de reflexión, de mucha reflexión. ¿Saben nuestros políticos cómo se vive en los pueblos pequeños? Y, lo que es peor, ¿se sabe en las ciudades? ¿Hay conciencia en la sociedad del problema de la despoblación? Por ahí habría que empezar. Para reflexionar sobre ello, el maestro Leguineche echa mano del novelista Milan Kundera y de la obra de éste “Art du roman”: «Hace algún tiempo que el río, el ruiseñor y los caminos que atraviesan la llanura han desaparecido de la cabeza del hombre. Nadie parece necesitarlos».