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LA HIEL VIAJA EN TREN

¿Nuevo cierre de líneas ferroviarias con pocos viajeros? José Blanco destapa la caja de los truenos

:: J. I. FOCES


VALLADOLID. Estos tiempos, convulsos donde los haya, llevan asociados una serie de sobresaltos que están convirtiendo a la política regional en un auténtico polvorín. La primavera no parece que se haya puesto del lado del PSOE regional. Viendo la que está cayendo, escuchando a algunos de sus máximos responsables en Madrid y analizando lo que han concluido las encuestas que se han conocido en las últimas semanas, más de un socialista de Castilla y León no puede quitarse de la cabeza aquella frase que lord Byron pronunciara hace casi dos siglos: «El pasado es el profeta del futuro».
El ambiente que se respira en las filas socialistas es de máxima preocupación. La convocatoria, diferida pero convocatoria al fin y al cabo, de una huelga general por parte de los sindicatos ha sido para esta formación política como la guinda de una tarta elaborada con situaciones adversas. Y más en un momento, en una situación, en un periodo en el que tantas esperanzas han puesto por disponer de un secretario regional y líder nuevo, preparado, con ganas de hacer cosas distintas, que ha comenzado, lentamente eso sí, a implantar un nuevo estilo de plantear las cosas. La prueba más reciente, y resumen de esa filosofía de trabajo, es la reciente presentación de una alternativa a la política de lucha contra los incendios forestales. Dijo hace meses Óscar López que cada crítica de su partido al Gobierno de Herrera iría acompañada de una propuesta y lo está cumpliendo con el ejemplo. Es una forma de actuar tan nueva en el PSOE regional que muchos de sus compañeros de partido son incapaces de seguirlo.
Sin embargo, las alegrías duran poco en la casa socialista regional. Como si alguien les hubiera echado mal de ojo, los socialistas contemplan atónitos cómo la política económica que desarrolla el Gobierno de la nación les puede arrastrar todavía más ante los ciudadanos. Esta semana ha caído como un mazazo la pregunta que lanzó al aire el ministro de Fomento y mentor político de Óscar López, José Banco, sobre si un país puede mantener abierta una línea ferroviaria entre Burgos y Madrid con una media de seis viajeros al día. El tren, las líneas férreas de Castilla y León, otra vez como blanco de un Gobierno socialista a la hora de recortar gastos. La frase de Blanco, pese a que pudiera ser uno más de los miles de globos sonda que ya ha lanzado estos años el PSOE desde la Moncloa, escuchada por un ciudadano suena a anuncio de cierre de servicio ferroviario. Y no se trata, pese a la baja utilización, de un servicio de trenes cualquiera. Conecta la capital burgalesa con Aranda de Duero y Madrid. Casi nada. Otra cosa será que la acaben cerrando porque haya que recortar más aún los gastos, tal y como está obligando a hacer a Zapatero el núcleo dirigente de la Unión Europea. Pero el mal para el PSOE de Castilla y León ya está hecho.
Cuando en 1991 el PP de Castilla y León obtuvo su primera mayoría absoluta en las Cortes de Castilla y León (no la ha perdido desde entonces), lo hizo por sólo un escaño de diferencia. El PSOE de entonces, liderado por Jesús Quijano y con unos pesos pesado del calibre del leonés Jaime González, el vallisoletano Zenón Jiménez Ridruejo y el burgalés Octavio Granado, inició una política de oposición durísima, de un marcaje impresionante a todos y cada uno de los departamentos del Gobierno regional. El objetivo era que en la legislatura hasta 1995 el Gobierno de Juan José Lucas registrara el suficiente desgaste como para hacerle perder la mayoría absoluta. También había crisis económica entonces, menos virulenta que la de ahora, pero crisis. Y el Gobierno de Felipe González, que no contaba con hacer ni un kilómetro de autovía por estas tierras, empezó a anunciar el cierre de servicios ferroviarios en la comunidad autónoma. Después de muchos dimes y diretes (quién puede olvidar los rifirrafes continuos de la entonces presidenta de Renfe, Mercé Sala, y del consejero de Fomento Jesús Merino), la Junta de Castilla y León empezó a tener que poner dinero para mantener abiertos algunos servicios. Otras líneas fueron cerradas. A cal y canto. El PP de Castilla y León hizo bandera de aquello y supo desplegarla al viento para hacer llegar a los ciudadanos de las nueve provincias que lo que estaba haciendo el Gobierno socialista era gestionar contra Castilla y León. Consecuencia: todos los efectos de la eficaz oposición que Quijano y los suyos hicieron en aquellos años quedaron diluidos, prácticamente anulados, porque el Gobierno de Felipe González, entre otras muchas cosas (fueron constantes los episodios de corrupción), cerró líneas ferroviarias en Castilla y León.
Por eso en las filas socialistas han vuelto los temores. Saben lo que es probar la hiel de una supresión de servicios, en este caso ferroviarios, y las consecuencias en las urnas autonómicas. Y la preocupación es, si cabe, mayor porque a fin de cuentas Felipe González era andaluz, pero José Luis Rodríguez Zapatero es castellano y leonés.
La pregunta de Blanco («¿Puede un país mantener abierta una línea ferroviaria como la de Burgos a Madrid con una media de sólo seis viajeros al día?») ha dejado bloqueado al equipo de Óscar López y, peor aun, en vísperas del debate sobre el Estado de la Región. Seguro que una buena parte de los argumentos de Herrera sobre su gestión viajan en tren en esa sesión parlamentaria que el miércoles, día 23, concentrará todos los focos mediáticos y toda la atención informativa en el Parlamento regional. Madrid, otra vez Madrid, haciendo la pascua al PSOE regional.

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Sobre el autor

J. I. Foces, jefe de área de El Norte de Castilla, expone aquí sus opiniones sobre nuestra región.


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