EL congreso federal que el PSOE celebra en Madrid bien podría quedar simbolizado con la letra “O” para los socialistas castellanos y leoneses. Por “O” comienza el nombre del burgalés Octavio Granado, uno de los dos superfichajes de Zapatero para la ejecutiva federal (el otro es Leire Pajín, también relacionada con Castilla y León ya que vivió en Sabero y allí acude todos los veranos).
Granado en política es sinónimo de prestigio. Para propios y adversarios. Por eso Zapatero ha recurrido a él en un momento complicadísimo para la economía; es la personalidad que necesita en el partido para dar confianza a los sectores financieros, económicos y sindicales y ofrece la solidez de años y años de trabajo riguroso. Su cabeza es una de las que mejor amuebladas están en estos momentos en la política española.
Pero su nombramiento tiene daños colaterales precisamente en Castilla y León. Es imposible separar su entrada en la ejecutiva federal de la inminente salida de la actual ejecutiva regional que lidera Ángel Villalba. La llegada de éste y su equipo de confianza a la cúpula socialista castellana y leonesa en el 2000 conllevó que Granado fuera apartado de la primera línea política y que regresara a sus clases en el instituto, hasta que Zapatero le reclamó para el Ministerio de Trabajo. Qué cosas tiene la política: qué dura y retorcida es y cómo devuelve los golpes.
Por “O” comienza también el nombre de Óscar López, futuro secretario del PSOE de Castilla y León y hasta hoy coordinador de la Secretaría de Organización del PSOE. Hoy culmina con éxito su etapa en la política nacional y llega a la regional con un bagaje que va a aportar muchísimo a ésta.