Ya hemos demostrado que sabemos trabajar, mandar, obedecer, apuntarnos al progreso, darle de lado, parir, abortar, conducir, dar la vuelta mil veces al mapa, prometerle amor eterno al GPS, perdernos, encontrarnos, vivir solas, formar una familia, deformarla, dar de mamar, hacer una mamada, cocinar una historia, escribir un huevo, soportar un partido de fútbol por ver a Guardiola, dejarnos explorar por dedos machos o de otras hembras y hasta morirnos de amor si nos da la gana.
Desde que la concejala toledana Olvido Hormigos se hiciera ‘famosa’ hace unos días por un vídeo en el que se exhibía masturbándose, la curiosidad sobre la vida íntima de las mujeres ha corrido de boca en boca y de bar en bar.
Pues claro que nos masturbamos, solas o acompañadas, con durmiente al lado o con observador, para su disfrute y, sobre todo, para el nuestro. Que no lo digamos no quiere decir que no lo hagamos. Tampoco hablamos de nuestras deposiciones o de las veces que hemos tirado a la basura las lentejas, agarradas con toda su alma a la cazuela, que ha ido detrás.
Es cuestión de pudor y cada uno soporta el suyo. Ya ves, yo prefiero confesar mis artes amatorias en soledad a llevar una pulsera con bandera. Prefiero ‘montármelo’ con la ducha a que me monten un pollo. Y, por supuesto, prefiero aliviarme a obligar alivios. Claro que, al mismo tiempo, me gustaría que mis juegos manuales no fueran observados por un millón de ojos, ni siquiera seguidos por más de dos. Pero hay veces en que el decálogo de alcoba se queda pequeño y una se salta los diez sin pensar.
A Olvido Hormigos le entró el hormigueo, ése que le puede llegar tanto a Esperanza Aguirre tras ganar al bingo (enseguida mostró su apoyo a la concejala socialista), como a cualquier reina madre en época de caza mayor, o incluso a la mismísima Angela Merkel cuando consigue olvidarse de Mariano Rajoy. Le entró el hormigueo y el deseo de que sus hormigas corrieran por la banda ancha. Olvido cayó en el descuido de olvidarse de las estrechas mentes y de los recovecos cibernéticos. Insistir en que es maestra de educación infantil, casada y madre de dos hijos, es acuchillar con humillaciones, algo que sólo son capaces de hacer quienes se hacen la paja y esconden la mano.