Cierto es que mi ‘asunto’ con Gere no pasaba por días de gloria, pero todo se precipitó en el Donostia Zinemaldia. Primero, no me fue a recoger a la estación. Segundo, aún podría estar abriendo puertas en su suite para encontrar un armario; tuve que dejar mi ropa, cual montón de plancha, en una chislón victoriana del María Cristina ¿o era una chislón cristiniana del María Victoria? Después de un estudio completo de cómo abrir la ducha, pude asearme y llegar al Cubo de Moneo. Antes de salir del taxi me puse los zapatos y Richard me recibió con un ‘hello honey’. Qué efusión.
En la alfombra roja soltó mi brazo. Advertido estaba de mi vértigo sobre los doce centímetros de tacón. Acostumbrada a las camperas, mi vertical se precipitó hacia el abismo pero él siguió aceptando besos sin reparar en mi vergüenza al lado de la tercera valla de contención de incontinentes. “Te van a dar por retambufa”, que dice mi amigo Tomás. Una y no más. Y en esas estaba, rompiendo por mi cuenta con él e intentando desenredar la acreditación de la melena, cuando una voz me perforó el chal escurrido: “¿Te ayudo?” “Por supuesto, y hágase en mí según tu palabra”. “En cuanto acabe, nena; ahora tengo que presentar el Festival”. Era el cuerpo, el lobo, mi Santos Trinidad, mi malvado favorito.
Coronado (Koronado para la ocasión) estaba relindo con su disfraz de certámenes. Gracias a él pude soportar la gala. Peor suerte corrí durante la película inaugural, cuyo rodaje me había alejado tanto tiempo del caballero Gere. Lo intenté, lo juro por Billy Wilder, pero los títulos de crédito me sorprendieron dormida en el suelo de mi indignidad, con los zapatos de Javier Angulo (Seminci) como almohada y los de Paco Heras (Broadway) arropando mis pies. No encontré las sandalias de mil tacones: quizá el fantasma de Berlanga… Bajo Ulloa me había mangado el último caramelo de regaliz porque le olía a alas de mariposa. Descalza, sin título de condesa y despelujada, acompañé mi soledad hasta la Kontxa. En un extremo, bajo la luna caliente, me esperaba Koronado para desenredar mis greñas con el peine de los vientos. “Ya sabes nena, toda la vida es sueño y los sueños cine son”. “Ok, me lo repites durante el desayuno sin diamantes”. Y así fue.
PD: Está claro, hay un cine para sestear y otro para soñar. Donostia abrió durmiendo