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mis tripas, corazón

Cómete mi pollo

Tiene mi hijo pequeño una camiseta (antes fue del mayor) con un dibujo de tres vacas manifestándose –las muy subversivas- con unos cartelitos en los que se lee: “Come más pollo”.

Como la prenda está fabricada antes de la pulverización de la economía (no creo que las hermosas terneras fueran visionarias) su petición es avalada por un entendible instinto de supervivencia.

Como tampoco creo que nos hayamos dejado llevar por ningún mensaje subliminal, pensaré que el haber optado por comer más ave en detrimento de las reses ha venido dado por algún hijo de la gran chingada que entra de noche en casa, nos mete mano en la cartera y nos la deja cual pollo tísico desplumado o vaca esmirriada del Ganges. Ah, y antes de irse con el botín, nos da un poquito por detrás y ni siquiera rechistamos: cosas del letargo.

Lo que pasa es que algunos, que no tenemos término medio, un día tragamos sin decir esta boca es mía y, a la mañana siguiente nos da por invadir Polonia, o mejor el Congreso, que los polacos ya tuvieron bastante y no son ellos quienes nos sisan las perras.

Que el número de parados se acerca a los cinco millones, que se fastidien y coman pollo; que la lluvia aprieta y ahoga llevándose vidas, casas y negocios, que se apañen con sus lodos; que los pensionistas ven temblar sus cartillas, que se tiren al mar, como Alfonsina; que los hijos de los pobres no pueden estudiar, que hubieran nacido ricos o hijos de la gran chingada, digo de la clase política.

Esto deben pensar nuestros representantes, esos mismos que siguen viajando en primera, cobrando dietas, asegurándose sueldos vitalicios y comiendo no sólo ternera ‘suprema’ sino también la camiseta con las vacas subversivas de mi hijo y, si me descuido, también su bocata del recreo.

Se equivoca el juez Pedraz. Los políticos no están en decadencia sino en plena efervescencia, supremacía, en el clímax, en pleno orgasmo acaparador… Esto es, en el más alto grado de la indecencia. Los decadentes somos nosotros, los ciudadanos normales. Miremos el diccionario.

Yo, en plena decadencia, no me paseo por las calles de Nueva York fumando un puro cual Onásis. Ni me compro unos ‘manolos’ nada más nombrarme consejera, de lo que sea; si para repetir tres veces ‘estado del bienestar’ e ‘identitario’, da lo mismo cualquier rama, cualquier comunidad o cualquier patio donde poder comerse el bocata de mi hijo. Deja al nene y cómete mi pollo.

 

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