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La parábola del pilón de los ñus

(A mi bruja Charo)

Mira que somos raros los humanos. E incluso las humanas. Imaginemos que surge en un planeta desierto una nueva civilización. El asentamiento, el alimento, la vivienda, la protección del cuerpo contra los elementos, las leyes para la convivencia, el trueque, el comercio…

Pues bien, pasan unos lustros en números romanos y los habitantes del lugar, en vez de seguir vendiendo sus productos en el pasillo de casa, deciden abrir sus tiendecillas aledañas con colores, y sabores, y olores, y letras y, al final de la calle, la escuela para sus retoños. Tampoco olvidan sus bulliciosas cantinas humeantes. Ni el sedoso lupanar escarlata. Hay incluso un cine con sesión continua. Y un salón de baile donde abrazar deseos.

Pero mira tú por dónde que van dos viejos del lugar (no digo dos sabios) y deciden, ya que tienen título de mando y un terrenito baldío al otro lado del regato, que el futuro ha de estar allí, contenido en un gran contenedor donde agrupar –amontonar- los gremios. Pabellón A, frutas y hortalizas; el B, para la ropa de piel de búfalo; C, aparatos de ondas hertzianas y marcianas. Segunda planta destinada a equipamiento para maratones. Tercera, dedicada al hogar. Cuarta, zona de ocio con asépticos locales de vinos, cines y viandas. Y un gran aparcadero donde dejar carros, cuádrigas, mulas, todoterrenos y naves espaciales. Y tu orbea. Regato Choping, sería su nombre.

Reunidos los lugareños, decidieron tirar a los dos viejos al pilón de los ñus con premura y sin remordimiento. No tuvieron que pensar demasiado para saber que el gran proyecto de los dos seniles acabaría con sus calles de colores, con la librería Rayuela, con la frutería de Antonio. Qué sería de la cantina rancia, del teatro Carrión. Rodarían sin rumbo, rúa abajo, los carretes de hilo de la mercera. Se apagarían las máquinas de palabras de la imprenta de Andrés. Y la vida del lugar. Y el lugar.

Reunidos los lugareños, se activaron el gen de la historia y recordaron centurias pasadas de planetas cercanos. No podían entender cómo otros habían dejado desmantelar sus barrios, cerrar sus salas de espectáculos, aniquilar las tiendas de libros donde libreras con pelos de colores regalaban sueños a los niños, y a los grandes. No podían entender una ciudad sin ciudad.

Mira que eran raros esos humanos, se dijeron los lugareños mientras los ñus se alejaban del pilón para buscar agua salubre en el regato.


noviembre 2012
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