De nuevo se pone su traje de ir al Congreso y desayuna fuerte. Ella le mira desde la cama con más pena que amor. Pero él se crece pensando en su tarea, en la misión que le han encargado y que pronto se convertirá en simple rutina. Recoge el material y esto le lleva horas. Y cuanto más tarda, más sonríe. “Esta vez se han superado; no podrán ignorarlo”.
No tiene coche porque prescindió de él para reducir gastos y ha de llevar la mercancía a pulso. Cuanto más pesa, más sonríe.
Llega a su destino con el traje sudado y saluda a los leones porque son los únicos que le contestan. Entra en el registro y entrega el ‘paquete’. Cuanto más resopla el funcionario que lo recoge, más sonríe. Vuelve ligero y desanda. Ha dejado una nueva remesa de peticiones de los ciudadanos contra los privilegios de los parlamentarios. Se siente Miguel Strogoff en versión pueblo, porque al pueblo sirve.
De las veces que ha llevado peticiones, esta última ha sido la decisiva. Eso cree. “Hay tantas –se dice- que los diputados se asfixiarán de vergüenza y tendrán que rendirse a las demandas”.
Lo que ignora Sísifo es que desde hace ya casi un año el Congreso tiene pendiente, para su debate, una iniciativa surgida de Esquerra Republicana en la que se pretende la revisión de los privilegios que disfrutan los políticos y otros cargos públicos con el fin de controlar, e incluso suprimir, gastos suntuarios, esto es, utilizar el coche oficial para ir a la peluquería o al partido de paddle, volar en primera por razones que nadie alcanza a entender, más que nada porque no existen, y alojamientos que han de ser, necesariamente, en hoteles de lujo, porque quienes antes meaban orina ahora expelen perfume francés por la uretra.
Sube a casa satisfecho. Se quita el traje de ir al Congreso y sale al sol porque es lunes. En un banco de la plazuela enciende un pitillo y comenta con los vecinos que quizá no tenga que volver con nuevas remesas porque esta vez les harán caso. “Lo mismo dijiste la semana pasada”.
La mujer de Sísifo llega del mercado, donde ha estirado un billete de veinte hasta hacerlo de veintiuno. Se acerca a él: “Traigo patatas, alas y cuatrocientas reclamaciones más que me han dado por el camino. No vas a tener más remedio que volver el próximo lunes”. Él apaga el cigarro y su sonrisa. Empieza a creer que los políticos tiran las peticiones sin ni siquiera leerlas. Pero prefiere pensar que no saben leer.