Hay en El Salvador una plaza dedicada a las madres, con escultura incluida. Lleva el nombre de ‘Sí a la vida’ y yo me pregunto si eso tiene algo que ver con la condición, el deseo, la negación o, en algunos bochornosos casos, la obligación de ser madre.
Pongamos que hablo de Beatriz.
22 años. Ama de casa. Su marido, campesino. Tienen un niño pequeñito que ya le dejó el cuerpo maltrecho durante el embarazo. Ahora está de seis meses y sufre una enfermedad que debilita el sistema inmunológico y puede causar complicaciones graves o mortales durante la gestación y el parto.
Pongamos que Beatriz no quiere morir. No quiere. Pongamos que quiere ser madre, pero no una madre muerta. Pongamos, además, que el feto sufre una anencefalia, la ausencia parcial o total del cerebro, cráneo y cuero cabelludo, que le conducirá a la muerte nada más nacer o poco tiempo después, el suficiente, quizá, para ver pasar frente a él a un montón de descerebrados que agradecen a dios la vida a costa de la vida.
La madre moriturum suplica un aborto terapéutico; razones tiene que los demás pisotean. Quiere Beatriz terminar ya y justicia e iglesia le cierran esperanzas, tanto que, si decide interrumpir su embarazo, podría pasar unos cuantos años en prisión por homicidio.
Pongamos que hablo de derechos humanos y ha sido la Corte Interamericana la que ha tirado a la papelera la decisión del Supremo salvadoreño para que se adopten ya medidas necesarias a fin de proteger la vida de Beatriz y la labor de los médicos. La justicia lo acata pero la iglesia se revuelve tanto como las asociaciones provida, ésas que se dedican más a demonizar posturas y a convertir en mártires a los no nacidos que a gritar y actuar contra la mayor injusticia cifrada: cada seis segundos muere un niño, ya nacido, de hambre.
Pongamos que hablo de Beatriz, que ella incluso está en contra del aborto, salvo en su caso o similares. Que preferiría esterilizarse a pasar por este trago, antes, tal vez, que usar métodos anticonceptivos. Hay quien no se puede imaginar a los dioses poniéndose un condón ni ver a las mujeres disponiendo libremente de su vida, más aún cuando ninguna quiere, queremos, abortar, ni someternos a un trasplante, ni quitarnos una muela… Pero lo haremos si es preciso, entendiendo además que hay mujeres que no tienen ninguna intención de reproducirse.
Pongamos que hablo de que este discurso debería estar ya desfasado.