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De nuevo sin primavera

En tiempos fríos, en tiempos oscuros, en tiempos de hambre, donde la luz se apaga porque se paga a precio de oro y el oro existe sólo en los montes sin piedad. En tiempos donde legiones de desahuciados son borradas del mapa tras una imagen fugaz en el parte de las tres -a las tres y diez y no más- donde el pueblo involuciona a siervo, a esclavo, a apestado, a paria, a nada.

Estamos en guerra sin combate con soldados desarmados en el bando pueblo y capitanes generales todos en el bando otro, armados hasta las cejas con votos travestidos en kalashnikovs en virtud de un ‘aquimandoyó’ y dos ‘quieromaspasta’.

La justicia se ha desprendido de la venda porque ya no tiene ojos, ni manos, ni corazón, ni primavera. Se ha tragado la lengua tras el disparo de un AK-47 que portaba un señor feudal. Y muere sola en una tierra regada con lágrimas de pan. Sin sal.

Pisamos charcos de miserias presentes y futuras que se mezclan con la angustia de las ranas. Los sapos babean en grandes despachos y en casas calientes forradas con sol. Del nuestro. Y deciden nuestro presente a la deriva, manejan nuestros úteros sin permiso y manipulan nuestro futuro a su antojo. De reojo ven una multitud de niños en ayunas y de inmediato rebuscan las fotos de sus retoños para olvidarse de Dickens y del frío.

Duelen los dedos en invierno hasta dentro de las casas y el sueño de todos los días consiste en alejar la pesadilla. Atrapados en el tiempo, perdidos en el espacio, en la ruina del cielo.

Estamos en guerra sin combate con soldados desolados en un llano en llamas. Esperan armarse de valor, nuevos reclutas, fuerzas para avanzar. Las armas están en sus gargantas y las carga la angustia. El enemigo es un gigante que nos proporciona migajas y reparte imágenes de la tierra prometida. No advertimos que son cromos viejos y abortamos de nuevo el combate de gritos. A ver si esta vez es verdad. Esperamos al domingo y no nos queda más remedio que cambiar los cromos por cebollas. El lunes vamos a alertar a nuestro ejército de voces para iniciar el combate. Es la hora. Ya era hora. Pero cuando llegamos ya no hay sino sombras.

Resuena una canción entre la pasividad y golpea la voz de Seeger en nuestras dormidas conciencias: Ya no me digas dónde han ido los soldados, dime dónde están sus tumbas.

Ni siquiera podemos llevar flores porque este año tampoco hay primavera. De nuevo sin revolución. De nuevo sin claveles.


febrero 2014
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