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mis tripas, corazón

Hoy no quería hablar de ellas

Vino el viernes por la tarde, a eso de las cinco. El sábado, antes. El domingo por la mañana acompañó en el desayuno a mi hijo pequeño. Le dije que se quedara a comer y llamé a su madre. Me dio el número. Yo no la conozco, ni siquiera he coincidido en la puerta del cole con ella, o eso creo. Pensé que tendría que convencerla para que dejara a su hijo en mi casa, pero no me dio tiempo: sólo se dedicó a darme las gracias y, después, a contarme unas pinceladas de su drama. No mucho. No nos conocemos, o eso creo.

Cuando colgué, miré a su hijo con una pena inmensa. El mío me preguntó qué me pasaba. Que lo cuente tu amigo, si quiere, contesté dulcemente. Y nos relató con palabras cortas de niño historias terribles de mayores terribles. Tan sólo le bastó un minuto. Quizá menos.

Les mandé a comprar el pan y unas chuches y se quedaron un rato en el parque, porque son niños y no merecen escenarios de batallas.

Hoy no quería hablar de Henar, tiroteada en Medina, pero se me vienen todas a la cabeza. Hasta Ana Orantes, abrasada viva en 1997. Cuarenta años de malos tratos que acabaron en una pira funeraria para silenciar su voz. Hoy no quería hablar de Henar, hoy no quería hablar de Ana. Hoy no quería porque parece que sólo sabemos vomitar palabras.

Y uno tras otro, y una tras otra jurando el cargo: “Me comprometo a erradicar esta lacra social que es la violencia de género”. Y lo único que hacen es dejárnosla como herencia maldita, como evidencia macabra de una política fallida, de unos políticos con la sensibilidad escurrida. De políticos.

Tampoco este año han podido hacer nada y en tres meses no han parado de contar muertas.

¿Cuántos discursos grandilocuentes, cuántos estudios, cuántos comités de ‘sabios’, cuántas monedas para ellos, cuántos sacos rotos, cuántas lágrimas más de abuelos desconsolados y cuántas preguntas de hijos de madres muertas?

Y no quería hablar, digo, porque ya hablan muchos incapaces de capacidades, de compromisos que no sabrán cumplir, de ilusiones que han muerto desangradas en el rincón de la cocina, de promesas que se desmoronan en cada minuto de silencio. Y hablan mientras recortan servicios sociales y educación. Las mujeres machacadas tienen que convivir con su agresor porque no hay sitio para ellas. Ana Orantes murió en la casa que le hicieron compartir con su asesino. Ella no tenía un chalecito en Baqueira donde resguardar sus miedos.


abril 2014
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