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¿Oyes cómo suenan los sueños?

 

Escucha Alicia, ¿oyes cómo suenan las bombas?

Y a su hermana, al otro lado del teléfono, a este lado del gran mar, se le helaba la sangre con los sonidos que desterraban los silencios de la voz del padre Nacho.

Era la noche del 15 de noviembre de 1989. Ignacio Martín Baró ya no sonreía como siempre: la guerra era un hartazgo de pobres muertos pobres.

Él, Segundo Montes, Ellacuría, Amando López, Juan Ramón Moreno y Joaquín López llevaban tiempo alimentando las iras de un gobierno cruel, molesto hasta la bilis de unos jesuitas que hablaban más de derechos humanos que de deberes divinos. Profesores universitarios que no se contentaban con que la enseñanza llegara al último rincón, sino que habían osado hablar de paz en medio de una guerra eterna. Qué despropósito para los propósitos de los sátrapas.

Escucha, ¿oyes cómo suenan las bombas?

El Salvador llevaba ya diez años envuelto en sangre de guerra. 75.000 fallecidos, casi todos civiles. Y los sueños se acostumbraban, noche tras noche, al sonido de la muerte, hasta hacerse profundos, o convertirse en infinitos.

Dos de la madrugada del 16 de noviembre de 1989.  Dios ausente o muerto ya. Llaman a la puerta de la residencia universitaria de los jesuitas. Golpean insistentemente y gritan las fieras. Abren los sacerdotes, armados con palabras y pijamas y los soldados los arrastran hasta el patio. Fusiles contra zapatillas.

Escucha, ¿oyes cómo suenan las bombas?

El ama de llaves sólo oía desde todos sus órganos los gemidos de su niña, encañonadas ambas y abrazadas. Y los reproches del padre Nacho hacia el verdugo. Lágrimas contra balas.

Tirados en el patio boca abajo. Quizá rezando. Susurros contra disparos. Silencio.

Escucha, ¿oyes cómo suena el silencio?

A 40 metros de la sangre, en otros pabellones, profesores y el resto de trabajadores dormían mecidos por la costumbre de los disparos de tantas noches armadas.

A las seis de la mañana, tras cuatro horas de ruidos o silencios, o disparos o gruñidos, o sollozos o agonías, o risas de victoria, o lamentos de espanto, o tal vez nada, de nuevo gritos que escapaban del mismo centro del dolor: “Han matado a todos los padres”.

Los cuerpos, las balas, las moscas,  la sangre. Habría sido un amanecer plácido…

Escucha, ya no se oyen las bombas.

Escucha, ¿oyes cómo cantan los pájaros?

Gorriones contra desolación.

La imagen de la masacre recorrió el mundo. La muerte en pijama. La muerte inútil. La muerte injusta. De Castilla y León habían salido tres de esos jesuitas –Segundo, Nacho, Amando- y a sus casas regresó el sonido de las bombas.

Escucha ¿oyes cómo suena la muerte?

Catalina Montes, hermana de Segundo, se arrancó de los tímpanos el estruendo de los disparos. En busca del sueño de los jesuitas asesinados levantó la Fundación Segundo Montes. Escuelas, centros  de salud, viviendas… Un mundo justo para los descalzos de El Salvador. Ella también se fue pero, escucha ¿oyes cómo suenan los sueños?


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