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Palabrita del niño Jesús

Se presentó ante el tribunal examinador con una cartera de cuero de la que sobresalía un grueso curriculum vitae. Un traje hecho a la medida de todas sus medidas. Zapatos de piel, corbata de seda azul cielo del Congo. El reloj que arrastraba oros al paso de las horas.

Sus finos modales al saludar y el porte militar encandilaron a los presentes que le presentaron sus respetos y a sus hijas casaderas.

Antes de sentarse en una silla tapizada de leopardo (qué recuerdos), sacó varias copias de su CV que fueron apartadas con una sonrisa cómplice por cada miembro del tribunal por innecesarias. Hechizados los examinadores por aquella figura de la que emanaba un perfume elaborado con esencia de selva tropical, procedieron a la parte oral. Puro trámite; con un cruce de miradas ya confirmaban que era su candidato ideal.

A la pregunta sobre su interés en ocupar la alcaldía, el postulante dio un respingo e inmediatamente contestó que pensaba que el puesto era de presidente autonómico para añadir con un gesto de dignidad: “No importa, si he de empezar desde abajo, aquí estoy para servir al pueblo. De todas formas, tengo mi vida resuelta y no entro en política para ganar dinero; seguramente perderé poder adquisitivo”.

Moriánse de gusto los miembros del tribunal mientras le formulaban babeando la segunda cuestión. En la tercera, ellos notaron una erección sin maniobras, ellas, un cosquilleo de hormigas en el suelo pélvico. Que si posee cuentas en paraísos fiscales, que si se lava los dientes antes de irse a la cama, que si se ducha antes y después del acto carnal, que si ama a los animales, que quién es su cantante preferido, que si va a misa los domingos y fiestas de guardar, que si sabe poner la lavadora, que si conoce a Belén Esteban…

Una tras otra las respuestas fluían superando cualquier dificultad científica, ética, filosófica y hasta matemática e iban agrandando las sonrisas de satisfacción del ‘comité de sabios’, cada vez más convencidos de que era el hombre ideal.

Dos cuestiones para terminar. “¿Nos promete que no será un corrupto?”

“Palabrita del niño Jesús”, dijo exultante llevando su índice al pecho para dibujar una cruz.

La última: “¿Seguro que nos ha dicho toda la verdad?”

“Se lo juro por Juan Pardo”.

“Y para concluir, defínase”.

“Me encantan los niños, la gente en general: me los comería a todos. Creo en la familia numerosa y unida, de hecho, tengo 17 esposas y 50 hijos, más o menos. Y soy un perfecto conocedor de la historia del África Negra, de donde vengo”.

Como se había presentado vestido de rico, los miembros del tribunal no se habían percatado del color de su piel. Se sintieron entonces más satisfechos con su baño de tolerancia e integracionismo.

“El puesto es suyo, ¿señor..?”

“Jean-Bédel Bokassa. Pero me pueden llamar Juan. Les espero a cenar en mi casa; vayan aseados”.

Después de mirar la Wikipedia porque les sonaba el nombre, ninguno aceptó la invitación.


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