Dice Miguel Ángel Revilla que la justicia no es justa si no la entiende el pueblo. Diremos que la economía es una mierda supina si no beneficia al pueblo. Ahora que la ley de transparencia con berretes nos deja ver los sueldos de nuestros empleados políticos, el grito en los cielos y en las cloacas se pone porque el que lleva la cartera al presidente cobra más que él; decir que los ministros perciben salarios irrisorios es un atentado contra cinco millones de parados y otros tantos esclavos cuyos ingresos mensuales rozan la indecencia salarial.
Me abstengo de calificar esos sueldos de pornográficos porque la pornografía es un canto mariano de karaoke al lado de estas cifras inmorales que sólo tendrían justificación en el caso del trabajo bien hecho. Y no es el caso.
Es más, algunos participan de tramas que van llenando sus bolsillos mientras España se desmorona. Y si alguien sufre un castigo porque sus acciones claman al cielo, a los 23 minutos se le adjudica un puesto a la medida de su ineptitud.
Justo después de celebrar el año nuevo es cuando más muertes de ancianos chinos se producen. Retienen a la parca unos días mientras disfrutan de su último aliento con los familiares y después se dejan morir, porque ya no hay más remedio.
La vieja Europa, y sobre todo este Sur castigado por la corrupción, espera el paso de este tiempo de sonrisas calmadas y algo beodas de cava para tomar el control de su indignación ante la crueldad y desprecio de las clases dirigentes, atesorando privilegios con los que vivirán sus descendientes y realizando sin pudor todo tipo de errores y fechorías que sufrirán los nuestros, por los siglos de los siglos.
Con un ‘a la mierda’ en la voz de Labordeta, pondré mi granito de arena, o mi desierto entero, para ir dando puntapiés a los diques del sistema: que se derrumbe éste y no los desahuciados.
Previamente serán necesarias varias sesiones de exorcismo. Ahora que muchos curas niegan la existencia del demonio, se vuelve a constatar que está vivito, coleando y multiplicado en pequeños diablos que han mutando en adherencias de los intestinos de los señores del sistema.
Tras lo sucedido hace unos meses con una adolescente, la presencia del diablo es fácil de constatar. Simplemente con preguntar “Belcebú, ¿estás ahí?”, y éste no diga ni Pamplona, ya se certifica su existencia. Mediante la aplicación de este método me estoy topando con demonios en cantidad de gente, incluso dentro de una lenguadina y de una cebolla morada.
Salvo que algunos porten en sus entrañas criaturas infernales, no encuentro otra explicación para la cadena de atentados que provocan contra el pueblo. Sea porque estén endemoniados o endiosados, es necesario que desaparezcan: o retirados en alguna dependencia enrejada de Interior o escondidos en el más recóndito urinario de cantina.
Entonces, hablaremos y hablaremos porque ya sabremos por qué no guardar silencio.