21 grados centígrados en la habitación principal, 18 en el resto. Es el nivel satisfactorio de calor en una vivienda según la Organización Mundial de la Salud, exceptuando los iglús y una cabaña en el desierto de Mojave.
Por hacer caso a esas recomendaciones, la tía Enriqueta ha tenido que empeñar el anillo de pedida y subastar en ebay su ojo de cristal, réplica perfecta del izquierdo de Liz Taylor. Desentonaba el violeta, por supuesto, con el sano de color pardusco, pero ya que pudo elegir…
Con 21 grados en su saloncito mientras insultaba a Bárcenas y al hijo de la Pantoja y se enamoraba los sábados del comisario Montalbano, no se percataba de que su contador se entrenaba a marchas forzadas para el Tour de Francia. Tampoco su viejo perro le quiso pedir contención y mesura, aun a sabiendas del enorme gasto que supondría ese confort y a costa, además, de una más que segura merma considerable de sus golosinas de los domingos con forma de gato persa y sabor a primavera.
Ella creyó, al intentar traducir del sánscrito el recibo de la luz, que la cifra del año se había deslizado, la muy traviesa, hasta acomodarse en la casilla del total. Pero pronto se dio cuenta de que su cuenta temblaba como lo harían ella y su viejo labrador el resto del invierno y por los siglos de los siglos de octubre a marzo, tal vez medio abril también.
Tras comprar un par de bolsas para el agua caliente y un brasero para su olvidada camilla, acudió de inmediato a la asociación de consumidores a poner una denuncia a la OMS por recomendar paraísos cálidos a gentes que han perdido su derecho al verano. Después grafiteó unos cuantos exabruptos contra las eléctricas en un muro oscuro, para aliviar rencores.
Ahora ha decidido pasar las tardes en el hogar del jubilado rodeada de otros huesos fríos que agradecen calores cercanos. En vez de echar una brisca, está reorganizando su antiguo comando de juventud. La primera misión, fijada para el próximo sábado a las 12 de la noche (era el viernes pero la Patro quiere ver el Deluxe) consiste en ir, en grupos de cuatro, a casa de todos y cada uno de los miembros de la clase política y sus nombrados. Una vez dentro, el objetivo es robarles, pedazo a pedazo, gramo a gramo, el calor, para lo cual cada uno irá provisto de un enorme saco con cierre hermético. Al grito de “qué frío hace” saldrán corriendo con la mercancía. Si algo sale mal, se encerrarán en su saco y se dejarán morir en casa del asaltado, bien escondiditos, para que tarden en encontrarlos y el olor haya noqueado sus perfumes caros.
La tía Enriqueta ha conseguido reclutar a medio millón de jubilados de las zonas más frías del país a través de una red social clandestina.
Lo cierto es que todos saben que el día D a la hora H, estarán con su bolsa de agua caliente bajo el edredón, pero cada uno gestiona su frustración y su rabia con los sueños que le dan la gana. Hasta que los cobren.