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mis tripas, corazón

Y Vania dejó su fusil

Aquí están. Tengo dos: mi remolón Vania y mi pulguilla Andrey. Kanalosh y Ladishenko. Hijos antes de Elena e Iván, de Victoria y Anatoly. Hijos todavía de ellos y también míos, sin que esto suponga ningún sentido de la propiedad; es más cuestión del alma, si es que hay.

Aquí están, sí, en plena adolescencia, haciéndome deambular entre desasosiegos y miedos varios. He pasado de ser su madre cuidadora, contadora de cuentos y portadora de meriendas, a ser una especie de agente de la Stasi con maneras de Anacleto. De ser receptora de preguntas sobre el mundo que les abría a ser recipiente de reproches  sobre el mundo que les cierro; o eso creen a ciertas edades de hormonas efervescentes.  Tal vez tengan razón.

Aquí estoy, tratando de desmontar lo que yo hace años montaba ante mis padres: tema de libertades, ya sabéis. Ellos también fueron miembros de la Stasi controlando a tres subversivos con greñas.

Aquí estamos: dos ucranianos y una española librando batallas por territorios comunes y distintos, liderando ejércitos de razones y pasiones. Los gatos apátridas y eternamente niños ponen la paz.

Aquí están, sí, con 15 y 13. Son ucranianos. Hasta los 18. Después podrán tener doble nacionalidad, o una sola: ojalá no tuvieran necesidad de ninguna, como mis niños eternos de bigotes de abanico.

Ya han llamado a otros chicos para morir en la guerra. A los 16. Con una amplia experiencia en matar marcianitos a balazos virtuales o monstruos biónicos a golpe de play. Debe pensar la milicia cosaca que son grandes guerreros, tiradores profesionales, aptos para arrastrarse por las nieves duras y dormir envueltos en sacos de sangre. Y sin WhatsApp. Muchos sólo conocen de Ucrania sus fotos de infancia, su lugar en el mapa, sus cuervos gordos, su olor a eneldo, su histórico vaivén del trigo, sus demonios recientes.

Era impensable, pera ya es real; es irracional para nuestra razón calmada; es obsceno, indecente y grosero engrosar las filas con soldaditos púberes. No son más que niños aprendiendo a ser hombres, no a ser muertos tempranos en un país vejado por el oeste y manoseado por el este.

Aquí están, sí, son ucranianos. Todos los años envío un completo informe a su embajada: escolarización, vacunaciones, exámenes médicos, fotografías… a fin de que estén tranquilos los servicios sociales asegurándose de que aún no me los he comido, ni vendido sus órganos, ni esclavizado su infancia.

No se dará el caso de que sean llamados a filas porque rompería todos los preceptos de los derechos humanos (ya están siendo destrozados los de muchos adolescentes ucranianos en acogida), pero si se diera, que no cuenten con ellos. Si atravesé hace años media Europa para traer sus sonrisas, me niego a ir a buscar sus muertes o a recibir a quien haya atravesado el corazón de cualquier hombre o cualquier muchacho, tal vez de algún hermano olvidado.


febrero 2015
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