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La tragedia repetida

“Sentados en el suelo, los mineros se hacen cruces y reniegan de dios. Quién diría les pillara de sorpresa la tragedia repetida”. Una historia narrada en canción por Víctor Manuel hace casi tres décadas se nos asoma de vez en cuando en tardes amarillas tirando a negras, cuando la mina mata, en la planta 14, asomada al infierno.

Primavera berciana en Santa Cruz de Montes a las cuatro de la tarde: sepultura de carbón para José Pereira y dos compañeros rozando la muerte. “La tragedia repetida”.

“A las 10 la luna clara se refleja en las sortijas del patrón recién llegado”. En el Pozo Salgueiro también se han adentrado vagones repletos de políticas de desastre. Ahora que el presidente Juan Vicente Herrera ha arrancado hace unos días a Mariano Rajoy la promesa de una solución inmediata para salvar el carbón, sobre la mesa de negociación se refleja el rostro negro de Pereira, quizá como un ‘trágico incentivo’ a las eléctricas para que compren el polvo que cubre su piel.

Gobiernos de uno y otro color han demostrado durante las últimas décadas que no saben qué hacer con las cuencas mineras. Y tampoco con los mineros, salvo enterrarlos. De las más de doscientas empresas del sector existentes en 1990, quedan menos de treinta en todo el territorio nacional. 180.000 puestos de trabajo han sido destruidos por las políticas fallidas y por patrones codiciosos que gastaron en sortijas millones de euros procedentes de fondos públicos mientras los mineros protagonizaban marchas negras y sufrían recortes salariales e impagos de nóminas, e impagos de pan, temiendo un futuro más oscuro que el pozo de la planta 14. ¿Dijeron alguna vez los patrones qué hicieron con las ayudas? ¿Quién puede crear imperios a costa de costaleros?

“A veces el más bravo se queda mirando fijamente al patrón con dientes apretados. Y el patrón, con sombrero, tiene dos policías a su lado: no hay cuidado”.

Y mientras los castigados del carbón siguen de cara al suelo, parece ser que hay una serie de intrusos que, ejerciendo cargos de directivos, oficinistas y labores varias que jamás se han asomado al abismo, figuran como mineros o barrenistas a fin de optar a una prejubilación antes de cumplir los 50, con cargo a nuestro bolsillo y al de los padres de Pereira. Quién diría que nos pilla por sorpresa el fraude repetido.

“Hay sirenas, lamentos, acompasados ayes a la boca del pozo, las mujeres de luto anhelando los cuerpos y una madre que rumia su agonía en silencio”.

Y después de la sangre, al borde del dolor de la planta 14, la indignación, la seguridad tocada, la seguridad hundida, la vida barrenada. “Si hemos que trabajar más de ocho horas en la mina por menos de 900 euros, nos queda poco tiempo para pensar si la rampa está bien posteada. ¿Tenemos que seguir jugándonos la vida por la puta mierda que nos pagan?”

“Y uno de ellos, el más fiero, por no irse al patrón, llora en el suelo”.

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