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mis tripas, corazón

Que pregunten a Pamela

Lo primero que hay que hacer es desmitificar conductas. Cierto es que existe un asqueroso mercado de trata de mujeres donde éstas son obligadas a prostituirse y cuyos mercaderes y usuarios violan los derechos humanos de lunes a domingo y fiestas de guardar. Pero no hay que olvidar un amplio colectivo que ejerce labores sexuales de manera voluntaria, bien porque la situación económica haya reconvertido a filólogas en prostitutas y a ingenieros de caminos en gigolós, o bien porque a unas y otros les da la real gana.

Son muchas las feministas que desmienten esta opción libre alegando que la liberación definitiva de la mujer sólo será posible en el momento en que deje de ser objeto sexual. Ja, como que esto sólo se diera en burdeles, lupanares o calles estrechas donde se congelan los deseos.

Luchan por acabar con la prostitución y que las mujeres opten por formas más dignas de vivir. Justo ahora ese discurso se desparrama entre las cifras del paro, los contratos basura y unos salarios con los que difícil es sobrevivir: la dignidad es otra cosa y hay muchas formas de perderla, no sólo vendiendo media hora de sexo, ¿verdad, señor Rato?

Otros grupos feministas en los que se da cabida en sus filas a trabajadoras del sexo, recurren a la libertad de la mujer para disponer de su cuerpo libremente y luchan por ser ciudadanas no estigmatizadas, ciudadanas con sus derechos y sus obligaciones, con su fuente de ingresos y su actividad reconocida en una lista que engloba desde funcionarios a sacerdotes, deportistas, actores, albañiles, empleados de hogar, ministros, prostitutas y sacerdotes, entre otras miles actividades. Y luego que miren a ver si hay que excluir alguna de éstas por deshonrosa.

Menos mal que muchos han dejado de plantearse la cuestión en términos de moralidad y entran ya sólo en el debate sobre si la prostitución es una forma de explotación que debe ser erradicada (y en el caso de la trata lo es) o ser considerada una profesión que es necesario reglamentar. Lo que es fundamental ya sea si se legaliza, se regulariza o se convierte en punto del día de algún programa electoral para mostrarla como objeto de asistencia, es que hagan de la prostituta el sujeto de la conquista de sus propios derechos.

Ya no se esconden, salen en programas contando sus experiencias de vida, hablando de sus luchas diarias, toman la calle también de día para ser visibles y hacernos saber que tienen voz. Por lo tanto están ahí y el más mínimo deseo legítimo de cualquiera de ellas es más válido que todo un debate parlamentario en el que imperará, sesión tras sesión, el pensamiento circular. Ya se sabe: dar mil vueltas al tema y rumiarlo se acaba convirtiendo en el auténtico problema. Y ahí se enquista. Alguno requerirá esa noche los servicios de la rubia Pamela para que le alivie el estrés de sus imperfecciones. Ella, en diez minutos, resuelve el tema.


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