Si no está claro, aunque a mí me lo parezca, que aquel dicho de “más vale lo malo conocido que lo malo por conocer” fue una invención de Franco, lo que sí está comprobado es que lo de “bébete ya el zumo que se le van las vitaminas” es una mentirijilla de las madres de épocas pasadas y que se ha transmitido de generación en generación, justo hasta hace unos días, cuando el cocinero Alberto Chicote desveló y comprobó científicamente que no era más que un mito.
El televisivo chef es ahora el centro de atención de las críticas de progenitores de cualquier sexo o de ninguno que, aun conociendo perfectamente que las vitaminas no aprovechan la soledad del vaso en la cocina para escapar e ir a ver mundo, engañan a sus vástagos con el fin de apresurar su desayuno y no dejar recipientes desperdigados por el submundo del orden caótico de la mañana.
A Chicote le deberemos a partir de ahora la imagen del zumo abandonado en un rincón en espera de la sed futura así como nuestros miedos nocturnos de arder en los infiernos por tratar de perpetuar trolas de fogones.
Pero nada que ver nuestros pecados en zapatillas con la trapatiesta que tiene montada la Consejería de Sanidad.
Después del perverso ‘plantón’ a 20.000 opositores y la pérdida de 15.000 pruebas radiológicas, se cierra ante la propuesta de una unidad de radioterapia en Ávila. Los enfermos de cáncer deberán seguir trasladándose a otras provincias para recibir tratamiento. A las ocho de la mañana son recogidos, llevados al centro hospitalario que les dé su ‘dosis’ de 15 minutos y devueltos a casa a eso de las cinco. Nueve horas entre recogidas, traslados y esperas. Nueve horas de incómodos pensamientos, de paisajes lentos. Nueve horas de choques del alma contra partículas extrañas.
La Diputación abulense insiste en cofinanciar con la Junta la unidad de radioterapia y el consejero presume de razones de calidad y seguridad, y no económicas (ya vendrán más tarde) que frenan el proyecto, además, por supuesto, de que el número de tratados no llega al mínimo establecido por esas condiciones, tan subjetivas éstas (por mucho que hable de informes de la comunidad científica y del mismísimo Ministerio, que ya ves a estas alturas su grado de credibilidad) como objetivas las nueve horas de infinita paciencia de cada paciente. Y la historia se repite en Segovia. La misma justificación: nada si no hay 450, cifra que recomienda la Sociedad Europea de Oncología.
Hablan de políticas contra la despoblación y crean comités de expertos cuando son ellos mismos quienes alientan el abandono: a unos los dejan morir de pena (o de asco) y a otros los empujan al destierro. Hay quien augura que acabarán cortándoles el agua para que sólo beban cianuro.
Ya lo dijo Woody Allen: “El mago hizo un gesto y desapareció el hambre, hizo otro y desapareció la injusticia, con otro se acabó la guerra. El político hizo un gesto y desapareció el mago”.