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Día de lluvia salada

Ha sonado el despertador. Eso quiere decir que, inevitablemente, son las seis de la mañana. Maldito lunes ¿o es martes? A tientas encuentras las zapatillas y arrastrando sus suelas y tu sueño inacabado, y tus sueños desterrados, llegas a la cafetera. Es el principio del principio y sabe, de nuevo, a café. Y, de nuevo, sin azúcar.

Ducha caliente porque es invierno ¿o ya no? Vaqueros limpios, camiseta planchada, botas y un jersey que podrás llevar de la mano en el caso de que el verano haya llegado tras la segunda taza.

Cierras con dos vueltas de llave el tiempo de tu casa. Las sábanas revueltas, el café sobre el lavabo. Alguien se asoma a la ventana para despedirte. ¿O eres tú?

En el caso de que estés en la calle, echas a andar apresuradamente y apresuradamente también comienza a caer la lluvia. Abres el paraguas aunque no lo llevas ¿o es que sobre ti no llueve?  Y aceleras el paso buscando un autobús que te devuelva a tus sábanas revueltas. Subes. El conductor comprueba tu billete y te arropa mientras deja en tu mesilla la taza del café, con azúcar.

Bajas en la tercera parada, a veinte metros de tu trabajo. Ya no llueve. O sí. Es invierno. O no. Te pones el jersey. Te mueres de calor y te entierran en la maceta del ficus de la impoluta recepción.

El jefe no lo considera fuerza mayor para el absentismo y te incorporas a tu puesto con seis minutos de  retraso, una falta grave por morir in itinere y resucitar en el tiesto y, además, tu nómina resentida.

Regurgitas el café que vuelve más amargo y se mezcla con la sal que lloras por tu vida. Abres el paraguas para no mojarte pero te llueve a mares por dentro.

Superas la primera hora, otras ocho ¿o son trescientas? Cuando salgas ¿seguirá el otoño? ¿O llegaste en primavera?

De vuelta a casa, arrastras tus botas por las  aceras. Hay polvo porque no llueve desde hace décadas y dejas un rastro de sendero limpio con el jersey que arrastras y que lleva prendidas la ausencia de sueños y la lluvia salada.

Desde la ventana alguien te saluda ¿o eres tú? No, `porque sonríe. Cuando abres la puerta llueve dentro y te refugias en el baño con tu gato para hablar de la pobreza de los más desfavorecidos y del índice de miseria del resto. Habláis, mientras sigue lloviendo en el pasillo, de las mujeres que se dedican a hacer de su género el género tonto y acabáis la conversación, porque ya escampa, con poner en marcha la próxima revolución.

Ha sonado el despertador. Eso quiere decir que, inevitablemente, son las seis de la mañana. La radio habla de una gran tragedia en la fábrica Cotton. 146 mujeres calcinadas durante una protesta. Aunque hayan pasado casi 60 años, fue ayer mismo, y es hoy. Siguen ardiendo ante esa pobreza medida que se ceba más en unas que en otros y no hacemos más que dar pasos atrás porque el tiempo que nos toca nos ha hecho esclavos.

Esta noche no hables con el gato para preparar la próxima revolución.


marzo 2016
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