Soñé muchas veces con cruzar el río. La otra orilla… Mamá no me dejaba. Me abrazaba bajo el sol de miel y sólo con ella entraba en el agua. Un bañador de anclas azules y un gorrito de peces risueños. Íbamos los domingos de verano, cuando no trabajaban. Mi hermano mayor pescaba con papá y el abuelo, que fumaba a ritmo de Aznavour sentado en una piedra, al lado de las norias.
Soñé muchas veces con cruzar el río. Las tardes de primavera, tras salir de clase, nos acercábamos a la orilla. Al otro lado estaba el centro de la ciudad, donde los mayores no permitían que fuéramos. “Éste es un barrio nuevo y aquí tenéis todo lo que queráis”, decían. Pero al otro lado estaba la vida, los turistas, los mercados, el ajetreo.
Ahora, años después, estoy cruzando un río aferrándome a una cuerda y el agua arrastra mis fuerzas. Lloro porque creo que me fallan las manos y mis lágrimas no hacen sino aumentar el caudal. Me trago las siguientes hasta que veo a mi padre sangrar por los ojos; apenas puede con el abuelo en brazos y éste le dice que lo suelte ente los peces risueños de mi gorro de niña y mi bañador de anclas azules. Mi hermano lleva a hombros a su hijo mutilado. Le sujeta por la piernecita escuálida hasta incrustársela en el pecho; la otra está perdida entre los escombros de su escuela, con las pinturas de cera y los ojos dulces de su maestra.
Ya hemos cruzado. Unos metros más cada hora nos alejan de la desesperación y nos acercan a la incertidumbre. No hay comida. El abuelo dejó su caña de pescar sujetando las ruinas de nuestra casa en aquel barrio nuevo.
Acampamos en el barro. Improvisamos letrinas, improvisamos colchones. Llega la primavera y en nuestro campo nacen verjas en vez de flores. Nos contienen con alambres y policías y nos abrimos paso a codazos para coger trozos de pan que nos tiran de parte de los buenos hombres. ¿Tan buenos como esos gamberros borrachos que lanzaban monedas a las mendigas entre risas y humillaciones? ¿Mejores?
Europa nos vomita. No tiene capacidad para esta masa ingente de desterrados forzosos. O eso dicen los señores de gobiernos y organizaciones mundiales de lo que sea, que pierden el tiempo en espérate a ver qué se me ocurre después de las vacaciones, y mientras, devuélvelos al otro lado del mar, o al sureste del universo.
Soñé muchas veces con cruzar el río y mamá no me dejaba. Esta vez yo no quería y ella me empujó. Esperó a que pasáramos todos para vernos triunfadores. Se soltó de la cuerda y se dejó arrastrar entre velos y zapatos que se tragaba el agua.
En este campamento de humillados no quiero soñar con cruzar el río. El abuelo está calentando sus huesos junto a la hoguera. Si mastica algo son recuerdos. Shirley MacLaine le pregunta a Christopher Plummer en la película Elsa y Fred: “Después de 80 años en este mundo, ¿cuánto te ríes ahora?” Y quiero que el abuelo me sonría antes de que se le borre la boca con la pena.