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mis tripas, corazón

Al agua libre

Han pasado casi seis años y descansa disperso y extendido, mecido por las aguas lentas del río entre pinares. Su memoria es transparente y en ella habitan peces dulces que lamieron la sal de los besos del último día.

Dejó recuerdos de hombre bueno en los rincones de la piel de sus hijos y un vacío de barranco en la planicie. Se fue sin acordarse de volver ni de saber que había venido.

Porque siempre quiso regresar a los pinos y a las eras, viajó reducido a cenizas hasta el cauce de su luna.

Otra despedida y esta vez sin iglesias ni sermones. Un adiós con un vaso de clarete. Un trago bastó para borrar las huellas devotas de la viuda, que siguió insistiendo, año tras año, en cumplir la gazmoña tradición de un in memoriam pagado sobre alguien que prefirió los campos a los santos.

Más allá de la muerte llevando la contraria y ahora, con la publicación de la instrucción Ad resurgendum cum Christo, el Vaticano le da a ella alas para recuperar el timón de su fe chamuscada. La Iglesia católica obliga a mantener las cenizas en un lugar sagrado (¿no lo es el río entre pinares?) ya sea un cementerio o el columbario de una parroquia (sin palomas libres) y prohíbe de forma taxativa su dispersión por tierra, agua o aire para evitar cualquier “malentendido panteísta, naturalista o nihilista”.

Lo de él, hace casi seis años, no fue ningún malentendido; estaba completamente claro. Cuando clara era su mente y el vino claro, cuando antes de olvidar recordó su pueblo, cuando antes de morir quiso volver, cuando volvió en polvo al polvo del camino que lleva al río, al río que le lleva, que le mece, que le arropa.

Ella, a fin de ganarse el cielo y de revolver las aguas, publica la instrucción Defuncti quaerere, algo así como ‘en busca del difunto’, reúne a su familia para que se cumpla el mandato papal y organiza una expedición al río entre pinares para recuperar los restos y llevarlos al columbario de las palomas presas. Su poder de convocatoria se queda en agua de borrajas y los hijos llenan sus vasos bajo el recuerdo del deseo paterno.

Con un sentimiento de culpa que pesa más que sus cansados huesos, decide desheredar a la prole y gastar el dinero en salvar su alma. Contrata a un titulado en recuperación fluvial y éste inicia la búsqueda previo pago de honorarios, dietas e imprevistos. Equipado con un colador de café y un cedazo, se instala en el mismo punto desde donde él se fundió con el río. Al cabo de unas semanas le entrega a la viuda una pequeña urna a cambio de otro cheque. Un folio manuscrito por el titulado certifica el contenido. Ella, como mujer de fe, recoge la urna sin abrir y la deposita en lugar sagrado. Su conciencia por fin está más limpia que el contenido real del tarro funerario: diez pequeños guijarros, cáscaras de piñones, la anilla de una lata de cerveza y un trozo del vidrio verde de una botella de clarete.

Los peces se carcajean y son excomulgados.

 

 


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