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La libertad en un frasco

“Si estás viendo este video es que he conseguido ser libre”. No hemos sido capaces de parpadear ante las pantallas durante las noticias. Hemos escuchado sus palabras cercanas a través de la radio. Y estamos seguros, desde una extensa tristeza y una extraña rabia, de que es libre ahora porque antes no lo fue.

“Soy José Antonio Arrabal. Tengo 58 años, casado, con dos hijos y enfermo de ELA”. Domingo 2 de abril. Está en el salón de su vivienda. A su izquierda, en un rincón, dos tristes macetas. Frente a él, sobre una mesita, un frasco contiene unos mililitros de libertad transparente.

Ningún especialista le ha recetado la medicación con la que poder morir dulcemente, así que se las ha apañado para hacerse con ella. Su mujer y sus hijos no le acompañan porque de nuevo las leyes les han dejado indefensos, echándoles a patadas de la casa, con una despedida temprana y un dolor de ausencia obligada.

Mientras ellos se rebelan contra las razones, José Antonio habla pausadamente, tragándose ahogos, quizá dolores, frente a la cámara que le graba: “Me parece indignante que en este país no esté legalizado el suicidio asistido o la eutanasia. Me parece indignante que una persona tenga que morir sola y en la clandestinidad. Me parece indignante que tu familia se tenga que marchar de casa para no verse implicada y acabar en la cárcel”.

Quería morir, pero no le dejaban. “No lo entiendo: ¿dónde está mi libertad? ¿A santo de qué podéis negarme el derecho a disponer de mi existencia?”

José Antonio ingiere una combinación letal de medicamentos. Lo hace cuando aún tiene movilidad en la mano derecha y la capacidad de sorber. Cae en un sueño profundo. Y llega el eterno. De banda sonora, la canción que eligió él mismo como réquiem: ‘Libre’, de Nino Bravo.

Pocos días antes sus palabras resonaron en el Congreso. El líder de Podemos las vomitó sobre las conciencias de los diputados, pero de nuevo los derechos civiles les sonaron a revolución y los barrieron bajo la alfombra.

José Antonio aprendió, como tantos otros en su situación, a leer las caras de todas las personas que estaban a su alrededor: “Veo la impotencia que sienten al no poder hacer nada para mejorar mi existencia. Veo el sufrimiento que padecen al imaginarse el mío. No todos comparten mi decisión, pero la respetan porque es mía”. Ya ves, José Antonio, de respeto se trata y los que tumban propuestas no saben ni deletrearlo.

Decidió libremente no querer seguir viviendo su infierno. Nadie puede comprender sus lágrimas cada mañana cuando al despertarse descubría que estaba abocado a enfrentarse a “otro día de padecimiento sin límite” y con la sola perspectiva de “continuar mirando el mismo trozo de techo”.  Y ese sufrimiento de días sin fin y con la mala suerte de no haberse muerto mientras dormía, que es lo que más deseaba en este mundo.

Los señores diputados han comenzado sus vacaciones. Se les ha olvidado ya tu dignidad.


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