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El hombre descosido

Todas las historias tristes tienen su intrahistoria y su prehistoria. Nos quedamos con el dato puntual e ignoramos las capas de cebolla (hace llorar) con las que cada mañana se viste un ser humano para enjugar las lágrimas que expele, casi supura, su piel.
Vemos pasear su degradación por nuestro lado y no miramos. Si lo hiciéramos, borraríamos luego las imágenes que producen picor en la retina, y en la esclerótica, y en el lacrimal profundo. Deleted image.
Sabemos, porque es difícil ignorarlo, que su miseria arrastra por las aceras unos zapatos de pena negra y un pantalón xl, descosido, manchado de pana roja. Sangra su boca al contacto con el frío y se le hiela una baba de ron; las lágrimas no, porque ya no tiene.
Mientras, cuando cae la noche, buscamos calores, imaginamos que él se dirige al albergue, con cama limpia y ducha caliente. Y completamos el ciclo de lavado de conciencia imaginando a un trabajador sonriente que le ofrece un café con mayucas. En cuanto nos llega el olor a suavizante de flores de lavanda, se nos olvidan los zapatos de pena negra.
No sabemos, porque es fácil ignorarlo, que en la casa de al lado vive un hombre descosido. Entra, sale. O no entra, ni sale. Rebobinamos durante el prelavado y recordamos a un tipo serio, su familia, su trabajo, su traje impoluto, sus saludos: buenos días, buenas tardes. Luego, no sabemos por qué, su distancia. Más tarde, y ya ni nos preguntamos, su silencio: malos días, malos días, peores noches, horribles tardes. Tres mazazos de la muerte visitante son suficientes para deshilachar cualquier doble costura del alma; con uno, a veces, basta.
Y así fue. A jota punto (en esto ha quedado su nombre) lo encontraron en su piso de una céntrica calle de Valladolid. Llevaba siete días muerto. Desde el 9 de noviembre y sin ramito de violetas. Le acompañaban una numerosa familia de insectos necrófagos y algún roedor. Pero murió solo. Una botella sobre el colchón y una guitarra apoyada en la pared junto a la cama.
Un grupo de tres bailarinas, encima de una cómoda saturada de trastos, sujetan en sus manos una flor muerta. También. Inquietantes láminas enmarcadas y fotos olvidadas. Del techo, junto a la bombilla alógena, cae un cable sobre la cama que alberga un pantano de lágrimas de soledad. En centímetros cúbicos, una inmensidad y media.
Fueron los vecinos quienes alertaron a la Policía. Ese olor nauseabundo que sale del 5º… Entraron. Ropa desordenada, perchas, bolsas, libros, papeles, botellas y un sinfín de desechos regados con litros de amargura y quién sabe cuántos dolores. Y el cadáver solo, maldecido por Diógenes, que le visitaba frecuentemente para llevarle sus miserias.
Dicen quienes lo conocieron que tanta muerte cercana le había destrozado. Bebía porque creía que el alcohol le sujetaba los pedazos. Pero era incierto, iba troceándose hasta que se le salió la vida por un roto enorme. Ahí mismo, a tu lado.

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alcoholismo, morir solo
diciembre 2017
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