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Error de prohibición

Marius tenía 14 años en 2014. Conoció –por Facebook, claro- a una chica de 11 que mintió sobre su edad –como yo, pero ella añadiendo primaveras- y ambos se enamoraron perdidamente, tanto que, tras un fugaz noviazgo de dos días (es necesario inventar una nueva palabra para este espacio de tiempo, o para el concepto de tiempo), se casaron. Tras un año de matrimonio y de relaciones sexuales plenas (me acuerdo perfectamente que las chicas de mi generación, a los 11, aún no teníamos vagina) ella le denuncia por malos tratos. Esperó mucho para volver a formar una familia y a los 14 ya se quedó embarazada del que ahora, con 15, es su marido. Termino agotada sólo de pensarlo, más que cuando leí ‘El código Da Vinci’. Qué estrés.
A raíz de la denuncia fue cuando la sociedad entera clamó a los cielos. Antes no, porque hasta un determinado momento la ceguera mental está permitida y hasta jurisprudencia hay que lo avala. Pues bien, denunciado por maltratar a su niña-esposa, el niño Marius ha sido juzgado estos días no por eso, sino por haber transgredido unas leyes que en su cultura son otras. Marius es rumano de etnia gitana. Sus padres y sus suegros han sido también sometidos a nuestras normas y juzgados como colaboradores necesarios del delito de abuso sexual a una menor.
Durante el proceso ha quedado claro que ella mintió: no hubo malos tratos y sí celos “porque miraba a otras chicas”, así que inventó las palizas para joderle a él y a todas las mujeres del mundo. Pero no es más que una niña y la culpa es de quienes la creyeron a pies juntillas sin una investigación al respecto para colgarse las medallas de luchadores contra el maltrato.
Pues entre que apenas conocían las costumbres de este ‘civilizado’ país, que el idioma no lo dominaban ni por asomo y que se les considera casi analfabetos funcionales, el joven y las familias han quedado absueltos. Es lo que en Derecho se denomina ‘error de prohibición invencible’ que, una vez probado, anula la culpabilidad.
Prohibición imposible fue en este país hace un tiempo intentar acabar con las armas de juguete como juguetes. Mal visto estaba comprar un revólver del sheriff King a tu hijo, aunque fuera del mejor plástico, mientras otros se iban a cazar elefantes a Botsuana.
Y sí, bien está formar un frente común contra los juguetes que incitan a la violencia o contra los que imponen roles sexistas. Entonces, ¿por qué mi amiga Elena Hache, feminista, revolucionaria, libertaria, pacifista, impulsora de una educación con valores que valen la pena, activista de pleno derecho, ha tenido que leer la carta a los reyes magos (qué reyes) que a su hija le habían puesto como actividad? A punto de salir disparada hacia el cole laico que eligió para su prole, le estallan las córneas al fijarse en lo que su pequeña Johnny sin fusil ha pedido como regalo: el ‘beauty nails’, un minisalón de uñas postizas para niñas. ¿En qué hemos avanzado?

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feminismo, otras culturas
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