Volvíamos cantando a dúo La flor de la canela. En mi viejo coche teutón de techo lunar y radiocasete trasnochado. La cinta de la Pradera. Él su habanos y yo mi ducados.
Durante muchos años nos sentamos juntos en la redacción. Él con sus diccionarios y yo con mis preguntas. Él con su estilográfica y yo con mi lápiz gastado.
Llegaba con la tarde ya destruida de entradillas y titulares y nos repartía olor a nenuco y a fisherman de mil eucaliptos. Impoluto. Flaco. Maestro.
Enfrente, Vidal, detrás, Rome, Nieto buscando ratas. Testigos cercanos de nuestros dislates, sutilezas, las justas, broncas ficticias, un par de ellas en serio… Cosas de pareja de deshecho. Veinte años de darnos la palabra.
Volvíamos cantando La flor de la canela. Casi a medianoche. Las doce en el Terminal. Sumergido en el gintonic, sedienta de cerveza. Y allí desembocaban todos los ríos de redactores y fotógrafos para la tertulia de noctámbulos dipsómanos. Cosas del oficio.
Yo aguantaba otro par y me largaba. Él se alargaba y se unía al Harlem, después al Patton, arrastrando noticias del día y pasajes del esperpento. Todos le vimos alguna vez paseando versos con Valle- Inclán. Uno sin brazo y el otro sin barba.
Nos sacaba unos cuantos años de estaciones y de prosas, de pelis del Oeste y de cine de color negro. Contaba el insomne que le sorprendía el amanecer con El árbol del ahorcado, quizá Río Bravo. Sabiendo de sus vidas y de sus noches, jamás le molestaba nadie antes del mediodía. Maestro descansando. Desayuno tardío en el Fortuna de café con letras impresas. Y un bicarbonato. Y una nube de humo de placer.
Lobo solitario siempre acompañado salvo en su cueva. Caballero sin damas, impaciente sin prisas, esteta de la página 2 y de la contra. Voz urbana y pluma cosmopolita de sedentario nómada de las estrellas.
Valle-Inclán ya lo había escrito todo cuando nació Hoyas, pero éste se propuso ser su alumno más fiel y su representante en la tierra de los vivos. Y ahí nos iba dejando pedacitos de sus conversaciones, de sus reflexiones conjuntas y de sus airadas discusiones.
De Ramón María decía Tomás que ya había nacido mayor en años y pejigueras y el paso del tiempo le multiplicaba los malhumores. Los dos compartieron, compartían y comparten ramalazos de cascarrabias, adorables, pero gruñones, admirados rezongones.
Mira Hoyas, ya sabes que las últimas palabras de Víctor Hugo fueron aquéllas de “veo una luz negra”, o eso nos han dicho porque tal vez las pronunciara el barquillero de tu Campo Grande. Tú ves el vaso negro porque ya está vacío del todo y el fondo es una gran noche con media luna de limón. No tienes más que pedir otra copa. Llena. Mientras la preparan, un cigarrito a la puerta del frío.
Has hecho caso a Valle cuando te dijo que no te hicieras viejo porque la vejez es estancia donde toda incomodidad tiene su asiento.
Entras de nuevo en el Terminal porque te espera tu vaso lleno de luz.