Corría que se mataba mi adolescencia y la de mis coetáneos de la EGB y el BUP, cuando ya en mi pueblo realizamos un gran avance en esto de la igualdad dotando a Esther, la hija de Iris, de un mote acorde con su género, aunque transgrediéramos todas las normas académicas. Como tenía ojos de besugo, en un alarde de originalidad lingüística, decidimos –no sé si por plebiscito popular o por generación espontánea- llamarle, desde un verano de no sé qué año de los ochenta, Esther la Peza.
Nadie, ni siquiera el vetusto cura barrigudo, puso el grito en el cielo ante ese intento de feminismo subversivo, principalmente porque no era tal. O sí, pero ni nos dimos cuenta.
Por no sé qué asociación de ideas (lo sé perfectamente) he recordado este hecho en la polvareda que se ha levantado con esto de la portavoza y el portavoz. La voza me ha hecho rememorar a la Peza. Fuimos más espabilados y hasta visionarios entonces: el pez es masculino, la voz, femenino. No todos los sustantivos de este género han de acabar en a; con anteponer el artículo la, ya es suficiente. En este caso, tendrían que ser ellos los que exigieran la o: el portavozo. Y ya que se ponen: el portovozo.
Claro que es una anécdota en un lenguaje aún machista, pero me indigna más un reportaje que han emitido estos días en no sé qué cadena sobre el absentismo laboral. Tomando como objeto de investigación la Ciudad de la Justicia de Valencia, el programa ‘En el punto de mira’ pudo comprobar cómo una cantidad nada desdeñable de funcionarios llegaba, fichaba y se piraba. Ahí es nada. Y el resto de trabajadores asfixiados por los impuestos con los que se pagan los sueldos de los caraduras, trabajadores entre los que se encuentran, por supuesto, los propios compañeros de estos pícaros de oficina.
Y siempre son los mismos. Me pregunto si nadie los echa de menos, si su continuada ausencia no canta como un besugo descompuesto o como una peza muerta. ¿O es que son tan inútiles que da igual que esté su culo en el sillón de la planta tres, oficina 8, o en el taburete del bar de enfrente?
¿Son sus mismos compañeros los que los animan a que no se dejen ver a fin de poder trabajar sin rémoras?
¿Dónde están sus jefecillos, jefes, jefazos y jefones? ¿Dónde los sindicatos defendiendo al trabajador que pringa?
En estos momentos hay 18 millones de trabajadores en España. De éstos, más de tres millones son funcionarios y empleados públicos. Para pagar su sueldo, de las arcas del Estado salen unos 120.000 millones de euros anualmente.
Pues bien, transcurriendo el programa y con toda la rabia a flor de piel de los espectadores, los periodistas abordan a unos cuantos de esos ‘listillos’ cuando salen de fichar y entran en bares y centros comerciales a ‘asuntos propios’ que les llevan horas. Paradójicamente, cuando en imágenes anteriores vimos tanto a hombres como mujeres en pleno escaqueo, los abordados eran todos ‘ellas’. Curioso ¿no?