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Bebamos sin sed

Uno de esos días de aquellos años veinte, quizá treinta, se levantó Ortega y Gasset ingenioso y reflexivo, como siempre, y nos soltó eso de que el hombre se diferencia del animal en que bebe sin sed y ama sin tiempo.
A cada rato vemos que existen hombres y mujeres que apenas se diferencian de los más fieros cuadrúpedos y que provocan, además, con sus actos, que los demás nos pongamos casi a cuatro patas para aullar.
Con el caso del pequeño Gabriel se me ha abierto la herida de aquel verano del 92 en Valladolid, que arrancó con decenas de violaciones y culminó con las muertes de la niña Olga Sangrador y de la joven Leticia Lebrato.
En ambos casos también permanecieron unos días desaparecidas y los rastreos eran continuos por los alrededores de Villalón y de Viana. No se me va de la cabeza la imagen del padre de Olga, Domingo, sujetando unas playeras de la niña y unos calcetines que permitieran a los perros olfatear la pérdida y seguir el rastro.
Gracias a los testimonios de algunos testigos se consiguió identificar al animal que la secuestró y con cuya confesión se pudo encontrar el cadáver, vejado y apaleado.
Estábamos en Villalón cuando dieron la noticia a sus padres; cómo olvidar sus gestos, y sus sonidos. Y de repente, una concentración espontánea en la plaza mayor pidiendo la pena de muerte para el asesino. Era una noche de finales de junio. Hacía calor. Volví en coche con otros compañeros de la prensa y fuimos incapaces de articular palabra. A eso de las dos de la madrugada llegué a casa, cogí un cuchillo de la cocina y me acurruqué en el sofá envuelta en una manta, tiritando, con el cuchillo debajo de un cojín. Era la primera vez que vivía tan cerca un asesinato. Temblaba de miedo.
Cubrir el entierro de Olga nos supuso al fotógrafo y a mí un dolor enorme, por empatía, y regresar llorando a mares y a montañas.
Cuando un par de días más tarde nos sugirieron que volviéramos al pueblo a entrevistar a sus padres “para ver qué tal están”, mutamos en cactus y no nos movimos de la redacción. Sobran las palabras.
Meses después, el caso de las niñas de Alcàsser paría animales carroñeros por sus cuatro costados: los asesinos y algunos periodistas con ínfulas de investigadores, psicólogos y predicadores, alimentado a las masas con vómitos y estimulando la rabia. Los circos tienen otro sentido.
Desde la calma que les ha dado el agotamiento y el dolor a los padres de Gabriel ha habido algún reproche a ciertos periodistas que de algún modo interfirieron en las investigaciones. A punto estuvieron de dar al traste con el trabajo de los expertos aquellos que se creen más listos que nadie y que hacen cualquier cosa por una primicia sin medir más consecuencias que su circunstancia. Han tenido que ser unos padres dolientes, y no nuestra ética, los que nos han recordado que no todo vale y, a la vez, nos han hecho agarrarnos al lado más civilizado del corazón. Bebamos sin sed.

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asesinatos de niños, caso Gabriel, ética periodística
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