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mis tripas, corazón

Se murió el paisaje

Aparece una fotografía en uno de mis grupos de ‘whatsapp’ con un enorme chuletón de res adulta navegando sobre patatas fritas y regado por una blanca y radiante salsa roquefort (me llega hasta el olor). Yo estoy currando, con el tercer café de la mañana, y siento regurgitaciones ácidas. Juro por juampardo que me salgo hoy mismo de la pandilla basura. El caso es que, el autor, que seguro se ha puesto un babero de Pedro Picapiedra, anunció hace días un inminente viaje no sé a qué países exóticos, pero lo mismo se ha atrincherado en Casa Paca. De sus fotos gastronómicas no extraigo pista alguna de su tour, y eso que está geolocalizado hasta cuando entra en el servicio de caballeros a la izquierda.
¿Dónde quedaron las imágenes con la torre Eiffel detrás, las del paseo en góndola o sujetando la Torre de Pisa? ¿Ya no hay fondos con pirámides, con el Perito Moreno o Santa Sofía? ¿Qué fue del Taj Mahal, de la Gran Muralla o el bello David? ¿Ya no existe el Parque Güell ni el Patio de los Leones?
Los viajes de ahora, las escapadas y las excursiones se muestran desde el plato o con un selfie lleno de morros, preparados listos, ya, para simular besos. Y ahí te lo lanzan: “Ana, Pitu y Sara el sábado en los Lagos de Covadonga” Y el receptor que no ve lagos, ni Covadonga, ni fondo, ni siquiera sábado. Tres perfectas manchas de carmín, en plan ósculo congelado, y un eyeliner digno de pulso de neurocirujano. Por supuesto, no distingue a la Ana de la Pitu. Será verdad que son.
Y tanto es así esta ridícula y degradante moda que, un estudio realizado el pasado año, ponía de manifiesto el espectacular aumento de ventas de pintalabios gracias al ‘efecto selfie’. Un crecimiento del 12% con 17 millones de unidades vendidas en España durante 2016. La imagen personal en las redes sociales, por encima de todo, y delante de todo, evidentemente. Se murió el paisaje.
Nada desdeñables son tampoco las de los musculitos reflejados en el espejo de un cuarto de baño envuelto en vaho.
Entre pectorales, morritos y chuletones, nos vamos cosificando un poquito más. No hay manera. Hay quien podría echar de menos al fotógrafo ése cursi, David Hamilton, a su chica del pelo con flores y el olor del mar, si no fuera porque se suicidó hace poco más de un año, agobiado tal vez por las denuncias que le iban cayendo por abusos a menores.
Hace un par de décadas escribía Juan José Millás una columna titulada ‘Hay más móviles que conversaciones’. Esto sigue siendo una gran verdad. Añadimos, no obstante, que también hay más fotos enviadas con el móvil que ojos con ganas de verlas.
Lo he decidido hoy mismo. Al próximo que me mande una imagen de comida, ya sea de la deconstrucción del gazpacho o de un potaje, le envío una del cajón de arena de mis gatos antes de limpiarlo. Y a una de morritos o de torso desnudo, responderé con una mía del domingo recién levantada y sin desmaquillar titulada ‘Mujer mapache’.

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