A la entrada del Pozo Salgueiro, en Torre del Bierzo, sólo quedan vagones amontonados. En el fondo, demasiadas motas negras de políticas de desastre.
Hace casi cuatro años Juan Vicente Herrera arrancaba a Mariano Rajoy la promesa de una solución inmediata para salvar el carbón. Sobre la mesa de negociación se reflejaba el rostro negro del entonces recién fallecido minero José Pereira, como un ‘trágico incentivo’ a las eléctricas para que compraran el polvo que cubría su piel.
Gobiernos de uno y otro color han demostrado que no saben qué hacer con las cuencas mineras. Y tampoco con los mineros, salvo enterrarlos. De las más de doscientas empresas existentes en 1990, quedan menos de treinta en toda España. 180.000 puestos de trabajo han sido destruidos por las políticas fallidas y por patrones codiciosos que gastaron en quién sabe qué, millones de euros procedentes de fondos públicos mientras los mineros protagonizaban marchas negras y sufrían recortes salariales e impagos de nóminas, e impagos de pan, temiendo un futuro más oscuro que el pozo de la planta 14 que cantaba Víctor Manuel. ¿Dijeron alguna vez los patrones qué hicieron con las ayudas?
Los sucesivos planes Miner puestos en marcha nos hacen desconfiar, una vez más y ya van no sé cuántas, de la eficacia y rentabilidad de las inversiones públicas en nuestro país. Los 24.000 millones de euros gastados desde el año 90, lejos de haber conseguido impulsar la economía allá donde se invertía, no han servido para sostener y generar puestos de trabajo y sí para despilfarrar una ingente cantidad del dinero de todos.
Con parte de los fondos Miner nació en 2010 una empresa de fabricación de células fotovoltaicas en San Román de Bembibre. Cel Celis prometía crear 150 puestos de trabajo. Sólo tuvieron que pasar tres años para que se declarara en concurso de acreedores con una deuda de 20 millones de euros.
Invertir en actividades con pérdidas, o subvencionarlas, es del género tonto. Como siempre, al frente de las decisiones no están los mejores. La muerte de la minería estaba anunciada. El carbón es el más contaminante de los combustibles y el mundo clama que finalice su función como fuente de energía. Era necesario cerrar puertas y abrir otras, pero nadie ha encontrado la llave.
Dicen del grisú que es el enemigo público de los mineros, el más cruel, despiadado, traicionero y temible. Pero en esta ocasión, y en tantas otras, el enemigo estaba en su despacho de excelentísimo inepto haciendo que pensaba. Y las empresas mineras permitiendo que en sus filas naciera una serie de intrusos que, ejerciendo cargos de directivos, oficinistas y labores varias que jamás se habían asomado al pozo, figuraran como mineros o barrenistas a fin de optar a una prejubilación antes de cumplir los 50, con cargo a nuestro bolsillo y al de los padres de todos los mineros muertos.
Y ya está claro que los mineros nunca mueren, los matan.